No. Lo que hay que procurar es picarlo bien. Precisamente lo que no habría que hacer es pegarle palizas sanguinarias como las que hemos visto cada tarde este año pasado, especialmente en la que algunos denominan primera plaza del mundo.
La suerte de varas es clave para que el toro se sobreponga al dolor. Bien ejecutada redunda en una mejor embestida ya que su organismo libera dopamina, la cual actúa como motivadora para ese embestir. Mal realizada provoca lo contrario ya que el animal no supera el dolor causado por las carnicerías que sufrimos cada tarde. Esto lo desconoce la mayoría de profesionales, por eso no quieren las puyas innovadas de Sales-Fernández. Insisten en pegar al toro a como dé lugar, dejándolo bien triturado. Es su único objetivo, siempre destinado a que el toro no se mueva demasiado y que así el maestro pueda expresar lo que lleva dentro.
Otra cuestión es que muchos ganaderos hayan permitido a través de su selección que se pudiesen celebrar corridas sin el primer tercio, como proponíamos aquí. Recuerden lo que decía el mayoral de Domingo Hernández refiriéndose a sus propios toros:
"Llega un Juli, les baja las manos tres veces y no hace falta ni picarlos. Se castigan solos por bravos y se rompen"
¿Se castigan o ya nacieron castigados? No obstante, a veces se da una circunstancia llamativa. Sale una corrida flojísima, desfondada, sin ningún fuelle y, pese a ello, le zurran la badana en el caballo. El aficionado no entiende nada, como nos pasó a nosotros hace tiempo en una que también vieron ustedes. Indagamos acerca de lo sucedido con un picador que, no siendo un gánster del castoreño como muchos otros, aquel día pegó sin piedad. La respuesta fue ésta, sonriendo, eso sí:
- Hay que cumplir órdenes, ¿no viste que la corrida estaba en puntas?
No habíamos caído dada nuestra candorosa ingenuidad. El ganadero nos contaba meses después que aquel día las cuadrillas estaban realmente molestas porque lo acusaban de haber sacado punta a los pitones. Ponemos la mano en el fuego por que no hubo afilador pero pueden deducir que teniendo los profesionales esa mosca tras la oreja por la mañana, la consigna ya en la furgoneta fue aniquilar la corrida en el peto por la tarde. Sobre esta cuestión del afilado de pitones, recuerden esta entrada.
En nuestras crónicas de las corridas isidriles del año pasado fuimos anotando todas las cariocas que se hicieron. Nos salieron más de treinta cuando es un recurso destinado a los mansos de carreta. Ello debería haber implicado más de treinta propuestas para sanción. Observen las flechas indicando cómo el piquero describe con el caballo esa circunferencia carnicera mientras la palabra carioca era sibilinamente ignorada por los comentaristas televisivos y no porque no sepan lo que es:
Encima decían que el toro no se empleaba... ¿Qué quieren que haga el pobre, hundido en ese agujero negro donde ha sido vilmente encerrado? Recuerden pulsando aquí lo que les contábamos acerca del origen de la carioca.
Si en el serial venteño se lidiaron más de ciento cincuenta toros y acudió cada uno dos veces al caballo, eso suma más de trescientas entradas. Pues en doscientas ochenta, como mínimo, los picadores taparon la salida con su mano izquierda asesina. Esa circunstancia la hemos indicado en muchas imágenes con nuestras típicas flechicas. Si sirviese para algo...
Esa mano izquierda es la que pica, señores, ella es la que destroza al toro.
Nos lo preguntaba un joven aficionado que no sabía montar a caballo y le respondíamos esto:
'La salida natural del toro sería por el cuello del caballo para entendernos. El picador debería con su mano izquierda estirar justo hacia el otro lado, hacia su izquierda, para facilitar esa salida al toro por delante del caballo. Si el animal ve esa salida puede optar por irse o seguir peleando, con lo cual calibramos su comportamiento según lo que elija'.
'En cambio, esta gente lo que hace por sistema es estirar de las riendas hacia su derecha, hacia el toro, como indico con las flechas. Así, encierran al pobre animal ahí debajo y le sacuden a placer. No nos dejan valorar su comportamiento porque no sabemos si se iría ya que está encerrado y cegado, no ve la salida de esa trampa sanguinaria. Y la paliza es tan demencial que en el segundo puyazo tardea porque está afligido y cuando por fin va, ya no pelea viendo que no hay futuro ahí debajo'.
Nada que ver con la suerte tal como se realizaba en tiempos remotos intentando librar al caballo de la cornada. 'Sálvate y sálvalo' era la ley que regía para el picador. Observen esta lámina antigua de Price donde no se ve la mano izquierda del picador porque está en el otro lado abriendo el caballo, mientras intenta librarlo de la cornada con la ayuda de los chulos o capeadores (esos peones que se ven eran los chulos con sus capotes de colores, que no eran ni banderilleros ni los espadas):
Lo contaba Merimée en su viaje por España de 1830:
'el picador aprovecha el momento en que el toro agacha la cabeza dispuesto a embestir para asestarle un puyazo en el morrillo. Carga sobre la pica con toda la fuerza de su cuerpo y al mismo tiempo hace salir el caballo por su izquierda, de forma que el toro quede a su derecha. Si todos estos movimientos se ejecutan bien y el picador es robusto y su caballo manejable, el toro, llevado por su propio ímpetu, pasa de largo sin tocarlo'
El puyazo era un muletazo. Recuerden que algo parecido proponíamos a raíz de una corrida concurso en Zaragoza, lo comentábamos aquí.
Hace poco hablábamos con un picador de todo esto. El diálogo fue así:
- Oye, vuestra mano izquierda es siempre la que pica, ¿verdad?
- (Sonriendo) ¡Claro!
- Pues yo la llamo la mano izquierda asesina porque con ella encerráis al toro ahí abajo y así le pegáis bien a gusto.
- (Riendo) Cómo lo sabes... Pero no lo hacemos siempre, ¿eh?
- Ah, ¿no? Elije la corrida que quieras y la vemos juntos. Cada vez que un picador tape la salida indebidamente me das 100 euros. Si hace la suerte correctamente, te los doy yo a ti.
Se calló porque veía que la apuesta le iba a salir carísima.
¿Cómo habría que picar? Nos remitimos a esta entrada y también a esta otra donde exponíamos nuestra opinión. Se puede resumir en esto:
Consistiría en algo tan aparentemente fácil como dar el pecho del caballo, detenerlo echando la vara, clavar en el morrillo, no barrenar dejando el brazo firme pero quieto para que el toro se castigue con su propio empuje y no tapar la salida salvo en casos de mansedumbre manifiesta. Y el maestro, aprovechando que el picador abriría al toro con su mano izquierda, que acuda rápido al quite para volver a ponerlo en suerte sin quebrantarlo en exceso
Es lo que nos decía un ganadero: 'si quieren matar el toro en el caballo, que lo maten ¡pero que lo pongan siete veces y no le peguen el monopuyazo!'
Lo de que el maestro acuda raudo al quite no se ve ni por ensalmo. Suelen tener un ataque de autismo mientras zurran a su toro. Les da todo igual. Esta foto de Viard con Castaño en Céret es la excepción a la regla (Paco María es quien pica en buen sitio a uno de Escolar aunque fíjense en que se ha levantado sobre la montura para hacer daño sin piedad):
Vean esta portada de la revista Arte Taurino de los años diez. En ese sitio habría que picar en lugar de clavar deliberadamente en el espinazo:
Acerca de la vergüenza de los puyazos traseros hablábamos aquí. Lo de Madrid esta temporada ha sido nauseabundo. Y todos los picadores recargando y barrenando cada tarde, tanto en Las Ventas como en cualquier otra plaza. ¿Por qué? Ellos saben que no hay necesidad de mover la puya una vez clavada ya que el toro se pica él solo con su empuje, como decíamos antes. Pero están obligados a hacer la carnicería de rigor, no vaya a ser que el maestro los acuse luego de no pegar suficientemente a los toros y los quite de la cuadrilla.
Precisamente eso es lo que algunos diestros echan en cara a Réhabi diciendo que 'ése no pega a los toros, sólo va a lucirse él' (frase literal de un torero conocido de todos ustedes). Antes de que el pobre animal quede con un poco de gas y pueda dejar al diestro con el trasero al aire, sobre todo si es de una vacada con fondo de casta, lo mejor es zurrarlo para que se pare y así echamos después la culpa al toro o a su criador.
Hemos visto toreros con una única oportunidad en Las Ventas que han matado sus dos toros en el caballo para evitar hacer el ridículo si se les subía las barbas. Por supuesto que cuando el pelota televisivo les ha acercado el micrófono en el callejón para acompañarlos en el sentimiento por esa oportunidad perdida, se han escudado en que no había habido toro.
¿Qué podemos esperar entonces de los maestros, que son los que mandan en el ruedo? Absolutamente nada. En general son gente sin afición y están rodeados por taurinos que tampoco la tienen. Sólo les interesa el dinero, que tristemente no está en el primer tercio sino en la muleta.
El problema añadido es que en todas las televisiones tenemos que sufrir siempre como comentaristas a toreros retirados para los cuales la suerte de varas no deja de ser un engorroso trámite. Y el que sabe perfectamente de qué estamos hablando, que es Delgado de la Cámara, no se atreve a decir en antena lo que hemos comentado aquí porque prefiere tener la fiesta en paz y seguir figurando. El Arnás de Telemadrid no merece ni comentario.
Por si fuera poco, los asesores del palco son casi siempre toreros retirados. Y eso, ¿a santo de qué?, porque ¿hacia dónde van a barrer? Recordemos lo que decía sobre los profesionales el crítico catalán de adopción Uno al Sesgo:
'Una cosa es el arte de guisar y otro el de comer; no es lo mismo ser sastre que saber vestir'
Los picadores ¿pondrán interés algún día en hacer las cosas bien como sí vemos que lo intentan muchos banderilleros en el segundo tercio? No, nunca, salvo alguna honrosa excepción. Es porque el lucimiento del banderillero no afecta al maestro. En cambio, el piquero está obligado a masacrar el toro para que al diestro se le pare y así pueda castigarnos luego con la tabarra de pegarle cincuenta pases que duermen a las ovejas. Si no machaca el toro a base de bien, se quedará sin trabajo.
Lean este diálogo con un profesional que es de los que más miuras y victorinos ha lidiado (y no es Cañaílla). Empieza él:
- Al toro que tiene muchos pies hay que pegarle para que se pare; al que sale muy parado hay que pegarle para que se mueva; al que ves que tiene malas ideas hay que pegarle para quitárselas y al que mansea hay que pegarle para que espabile.
- Oiga, ¿y al toro bravo?
- ¿Al bravo? A ése hay que pegarle más que a ninguno porque ya te digo yo que si sale un toro bravo, pero bravo de verdad, no hay quien pueda con él, ¡nadie!
El titular de la entrada lo hemos extraído de estas palabras.
Y ¿qué se puede esperar de la autoridad? Nada, salta a la vista. ¿Cuántas propuestas para sanción hubo en el pasado año en Las Ventas por incumplimiento manifiesto del artículo 72.4? Con recordar lo que decíamos antes de que los asesores del palco madrileño son también toreros...
Panorama negro, como deducirán. Y lo peor es que los primeros tercios que se ven en las retransmisiones de televisión se dan por buenos, a pesar de la ignominia y la vergüenza de todo lo que hemos hablado aquí. Los comentaristas callan y ello se traslada a miles de espectadores que no exigen que las cosas se hagan bien.
El ejemplo definitivo es ver a todo un Victorino tragando las tardes que matan sus toros en el caballo. Y tiene tela el papelón de una Unión de Criadores bien callada mientras asiste en cada festejo al lacerante maltrato a los toros en varas. Todo con la anuencia de unas presidencias que miran para otro lado ante este atropello. Los taurinos duermen muy tranquilos con semejante panorama.
Como curiosidad, lean lo que decía esta Orden del 11 de abril de 1959:
A los toreros todo esto que decimos les da igual porque el gran miedo que tienen todos es que un toro quede crudo y los pueda dejar en evidencia. Es cierto que ese riesgo se minimiza en ganaderías comerciales, cuando el maestro puede permitirse cambiar el tercio con un alfilerazo.
También les importa un pimiento que el animal pueda quedar en malas condiciones de embestir por haber sido picado de manera nefasta. Esto lo acusan especialmente toros de las ganaderías que denominamos duras. Los picadores de las figuras sí que tienen la presión de no picar de cualquier manera a sus escogidos toros, no vaya a ser que luego no permitan el lucimiento. Cedemos la palabra a Sánchez de Neira:
'sucede con frecuencia que las reses, por haberlas picado mal, llegan al último tercio de la lidia aburridas y casi siempre recelosas, mientras los espadas no ven que esto sucede en daño y desprestigio suyo'
Lo escribió antes de 1879. No se les ocurra pedir a los críticos taurinos una labor pedagógica porque comen todos en el mismo pesebre que los granujas taurinos.
Señoras y señores, no hay futuro, esto es correr tras el viento, como decía Cervantes. Nos queda la remota posibilidad de que el personal se harte tanto del ballet actual, con ese toro enclasado que se asemeja a un animal doméstico, como de las lidias infumables perpetradas a toros de ganaderías duras. ¿La salvación sería lo que comentábamos aquí?
¿Qué se hizo de aquellos héroes que acudían a la plaza a caballo en loor de multitudes vitoreados por la afición? Doré inmortalizó aquellos momentos de gloria previos a la corrida tras la cual estos hombres iban a acabar llenos de magulladuras. Ahí van:
Ellos encabezaban otrora el paseíllo en el ruedo. En caso de batacazo preferían caer al callejón para no quedar al descubierto.
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| Paco Madrid en un quite (1914) |
Cuando terminaba el festejo sabías dónde estaban por el penetrante olor a linimento, su chaquetilla de oro era merecida. Hoy debería sustituirse por un mandil de matarife, que sería el uniforme adecuado para los que integran la banda del castoreño.
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| Coleo de Gallito en Pamplona (1917) |
La suerte de varas ha quedado convertida, como decía Góngora, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Pero para no dejarles con tanta desazón nos despedimos con dos toros empujando en sendos puyazos espléndidos. Es un pobre consuelo dentro de este desolador erial.
Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.









