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sábado, 16 de mayo de 2020

CENTENARIO DE LA MUERTE DE GALLITO (9): '¡ME HASÉIS DAÑO!...HASERME POQUITO...QUE ME AHOGO...'

Son las 18:19. El doctor Luque atraviesa a paso ligero el patio de arrastre de la plaza de Talavera dejando a su derecha el desolladero. Abre la puerta de la enfermería, pasa por la primera dependencia, una especie de vestíbulo, y espera en la segunda, que tiene un amplio ventanal por donde entra la luz tenue de aquel día que amaneció nublado. Llegan también sus ayudantes, el doctor Ortega, los doctores hermanos Sanguino y el doctor Pajares, médico suplente. Están también el doctor Recasens y su ayudante, el doctor Torroba. 



Luego entrará el doctor Pastor y algún otro médico madrileño que se ha desplazado a ver la corrida y ha bajado del tendido. Por esta puerta abierta irrumpen Blanquet y Cantimplas llevando en volandas a José. 



Viene con los ojos cerrados por efecto del shock. Entran también El Cuco, Farnesio y el mozo de estoques, Paco Botas. Se ve que cuando el maestro se ha alejado un poco de la cara del toro para alisar la muleta, éste se ha arrancado por sorpresa, lo ha volteado y le ha clavado el pitón en el abdomen. Ha sido un derrote seco aprendido seguramente contra los caballos pues venía de matar cuatro.



Tumban a José en la camilla mientras Blanquet le sostiene con mimo la cabeza. Entran el farmacéutico, señor Congregado y los practicantes Morales y Cano. La apariencia del maestro es preocupante porque sólo mueve convulsamente ambos brazos. Al ver su estado, Almendro se ha quedado en el vestíbulo llorando.

Lleva dos cornadas. Una es en el muslo derecho, de cinco centímetros y pronóstico reservado, puede curar sin complicaciones en una semana. La del abdomen es una herida circular de nueve centímetros de diámetro en el lado derecho. Le ha partido el epiplón, ha lesionado el peritoneo y le ha sacado fuera parte del intestino. Llega a interesarle un poco la vejiga pero sin alcanzar a perforarla como se dirá después. Una laparotomía realizada en condiciones adecuadas y no en un estado preagónico podría determinar el alcance exacto de las lesiones internas pero no hay tiempo para ello.


El diestro está bajo los efectos de un fuerte shock traumático. Los médicos se reparten el trabajo. Unos van cortando desde arriba el vestido grana y oro con unas tijeras. Lo había estrenado en Lima. Rasgan la casaquilla y el chaleco desde los hombros y los arrancan. 

Le quitan dos medallas que penden de una cadenita muy fina de oro. Una es de la Virgen de la Esperanza y la otra, de Nuestro Señor del Gran Poder. Además, como siempre, cuelga un minúsculo retrato de su madre ('menos mal que ya no vive la señora Gabriela...' dirá Vicente Pastor). No lleva la faja azul turquí porque se la rasgó el tercer toro y salió ante Bailador sin ella.  Cortan cuidadosamente la taleguilla y el torero queda desnudo sobre esta camilla:




El doctor Torroba se afana en limpiar la herida del vientre, sucia de arena y con riesgo de infección. Otros empiezan a aplicarle inyecciones. Hay que sujetarle bien los brazos. Uno de los doctores Sanguino, que es quien va a inyectar el suero con adrenalina, ordena:

'Que no mueva los brazos, ¡sujetadlo!'

Con el efecto de la inyección, José se reanima ligeramente, lo suficiente para quejarse: 

'¡Suéltame! Que me ahogo...'


A continuación le inyectan suero antitetánico, aceite alcanforado y cafeína. Intentan estimularle para que no sucumba al shock nervioso. El doctor levanta la voz:

¡Sujetadle bien los brazos!

Blanquet lo agarra con firmeza:

'José, ¡quieto! No muevas los brazos o te los parto'

Pero el pobre José no lo oye, se ahoga... en su cerebro el único pensamiento que entra es que le falta el aire:

'¡Blanquet, por tu madre...! ¡Mátame!... ¡Que me ahogo!'

Le dan aire con un sombrero mientras le taponan la herida y le van cosiendo.

Blanquet fue quien llegó primero tras la cogida. Ignacio quitó el toro y el buen subalterno levantó por las axilas a Gallito, que estaba arrodillado mirándose el vientre ('¡me ha sacado las tripas!'). Pedía que llamasen a Mascarell. 

Ya han partido en su busca a bordo de un flamante De Dion Bouton el señor Concustell  acompañado por Darío López y por el empresario de la corrida, Leandro Villar. Precisamente a éste último fue a quien Joselito se dirigió cuando cogía los trastos por última vez:

'El torito éste es el peor de todos. Vamos a ver quién puede más...'

De pronto se abre la puerta y traen conmocionado a Zurito Chico. Es el picador de Ignacio. El sexto toro lo ha derribado y quedó atrapado bajo el caballo. El presidente es el alcalde de Talavera, el señor González de la Rivera. Después de que Ignacio matase a Bailador, ha esperado a ver qué noticias había de la cogida. Alguien procedente de la enfermería le ha indicado por gestos que la cornada de Gallito no parecía grave y por eso ha continuado el festejo. 

El traje no está manchado, no hay sangre por ningún sitio. Quizá por eso en el ruedo Ignacio ha hecho gestos de tranquilidad al público mientras se llevaban a José. Probablemente hay una hemorragia interna pero por fuera, nada. El maestro se sigue quejando pero no se le entiende. Continúan inyectándole, hay momentos en que tiene hasta cuatro agujas clavadas:

'Dejarme... que me haséis daño... dejarme...'

Se intenta sin éxito la respiración artificial. El color lila del rostro de José anuncia lo peor. El pulso es muy débil, se nota que al maestro se le va la vida en un postrero hilo de voz:

 'Haserme poquito... que me ahogo...'

El sacerdote Felipe Vázquez, que se había mantenido en un rincón, se adelanta para darle la extrema unción. José ya no oye nada pero le caen dos lágrimas.


A las 18:45 comprueban que su pulso ha cesado. Han sido veinticinco minutos de agonía y no una hora como algunos dirán después. Se le ha escapado definitivamente la vida 'por entre los alamares'.

Justo en ese momento irrumpe su cuñado tras aliñar al sexto. Ignacio se queda parado al ver que los médicos permanecen inactivos. Se acerca a José, lo mira, le toca la cara y nota que está fría. Balbucea cosas incoherentes:

'José de mi alma... ¡Pobresito! Si pudieras ver dónde estás... ¡Cómo nos dejas a todos! ¿Por qué?' 


José con su sobrino, el hijo de Ignacio

Los que han ido a buscar a Mascarell ya son sabedores antes de llegar a la capital de que la tragedia se ha consumado. A la altura del aeródromo de Cuatrovientos, se cruzan con el automóvil que lleva a Rafael a Talavera junto con su amigo Pepe El Largo. Como El Gallo no tiene la certeza de que sea verdad la muerte de su hermano, deciden subirlo al de Villar para irle previniendo camino de Talavera.

Los doctores Luque y Ortega han redactado el parte médico:



José yace desnudo en la mesa de operaciones. Lo tapan con dos mantas e improvisan una sala de velatorio. Para ello retiran todo el instrumental médico, lo cual dará pie a las insidias que circularán más adelante diciendo que la enfermería estaba en precario. Los médicos madrileños que ofrecieron sus servicios serán testigos de que no hubo tal. 

Unos guardias civiles están en la entrada para evitar que los curiosos accedan a las dependencias:



Por la noche llegan más periodistas y fotógrafos de Madrid. Roberto Domingo toma unos apuntes del cadáver del maestro. Desde el exterior, a través del ventanal, la vista es ésta:



Dentro, la cuadrilla llora en silencio. Ignacio ha pedido que corten la cabeza del toro. Antonio Moreno, Lagartijillo, que es el contratista de la carne de los toros lidiados, se la llevará a Madrid para disecarla: 



Hacia la una de la madrugada llega El Gallo, quien ya es consciente de la desgracia. Cambia de opinión y no se atreve a entrar en la enfermería. Sale Ignacio y ambos hablan. Rafael le pide la coleta de su hermano. Entra Ignacio y dice a Paco que la trence.


Paco Botas

Paco gira delicadamente la cabeza inerte del diestro para trenzarle la coleta. Casi no puede porque revientan las lágrimas en sus ojos y no ve bien:

'Ay, José...pobresillo...es la última vez que te trenzo el pelo...' 


Zurito Chico sostiene la cabeza y Farnesio, que había picado a Bailador, corta la coleta y se la entrega a Ignacio. 


Farnesio

Sale Ignacio con el mechón, se lo da a Rafael y éste vuelve en coche a Madrid. José queda de cuerpo presente en esa enfermería transformada en velatorio, cubierta con paños negros y festones dorados. Seis cirios rodean el cadáver ('maestro, estoy oliendo a cera...'). 

Los toreros que han venido desde la capital son el citado Lagartijillo, el alcarreño Saleri II, Limeño, compañero de Gallito en la cuadrilla de los niños sevillanos, y Regaterín (de los dos hermanos con ese apodo, Victoriano, seguro, quien por entonces iba de peon con Saleri). Ganaderos, salvo error, sólo uno, don Vicente Martínez. 

Las dos cuadrillas se reparten entre el vestíbulo de la enfermería y la sala adyacente para echar una cabezada. Ahí están los picadores Zurito Chico, Farnesio, Ceniza, Carriles, Camero... y los banderilleros Almendro, Blanquet, Bombita IV, Cantimplas, José Rodas y El Cuco, el otro cuñado de José. También está Antonio Parra Parrita, quien seguía a José allá donde toreaba. 

Cuando intentan dormir, los ojos les escuecen de tanto llorar. El único que no pega ojo en toda la noche es Ignacio. Se le ha olvidado el dolor del fuerte varetazo que ha recibido del sexto en la pierna izquierda. Habla con unos y con otros. Al final termina hablando solo:

'José, pobresito... ¿dónde has venido a morirte?' 

Al día siguiente, a las diez de la mañana, los doctores Sanguino son los encargados de embalsamar el cuerpo. Le inyectan formol y cloruro de zinc. Parece recuperar un poco el color en el rostro pero se le hincha el cuello y deciden vendárselo. Tras hora y cuarto de trabajo, lo visten con el traje corto negro que llevaba cuando llegó en tren la mañana del domingo. Lo han traído de esta habitación número 3 del Hotel Europa. Allí había vuelto Fernando, el hermano de José, a quien tranquilizaron en un principio diciendo que todo era un rasguño sin importancia. Un policía lo sacó de su engaño cuando volvía de paisano a la plaza y sufrió un desvanecimiento.



El deseo de todos hubiera sido amortajarlo con la túnica de la Hermandad de la Virgen de la Macarena pero lógicamente no hay tiempo de traerla desde Sevilla . Acabado el proceso, se permite que los talaveranos desfilen ante el cadáver hasta el momento de llevarlo a la estación. 

El ataúd es de caoba y plata. La cuadrilla lo saca en hombros para depositarlo en una carroza blanca:




'Abriendo surcos de flores
al rey de los matadores,
en hombros se lo llevaban'

El día no puede ser más luminoso. Dos guardias civiles a caballo abren paso entre la multitud. Caminan delante tres sacerdotes rezando un responso. Todo el mundo va descubierto acompañando el cortejo fúnebre hasta la estación.





'¿Joselito muerto por un toro? ¡Eso no puede ser verdad! A Belmonte, aún pero a Joselito... ¡no puede ser!'

Sí pudo ser. Sí, era verdad, aunque Rafael Alberti no daba crédito a los que se lo decían:


'Virgen de la Macarena,
mírame tú como vengo,
tan sin sangre que ya tengo
blanca mi color morena'

Virgen de Joselito


Hoy hace cien años que sucedió todo esto que hemos relatado. En un día tan señalado como éste hemos preferido meternos en la enfermería y acompañar al maestro en sus últimos momentos.  Seguiremos ocupándonos de Gallito en la serie que le estamos dedicando desde el uno de enero (recuerden aquí). 

Más de 1.500 toros muertos y casi 700 corridas en ocho años para terminar sus días expirando en la plaza que había inaugurado su padre en 1890. Se nos ponía un nudo en la garganta mientras describíamos su agonía porque nos imaginábamos al otrora invulnerable José desvalido como un niño chico. 

Se quedó sin poder torear el 17 en Madrid y los días 18 y 19 en Badajoz. 

Hemos reconstruido los hechos a partir de la prensa de la época, de los detalles que aporta en 'La última corrida de Joselito' Andrés Hernáiz y de diferentes testimonios en otros textos. Para los datos que resultaban contradictorios, nuestra opción ha sido escoger el que coincidía en más de un sitio. En otros casos hemos elegido simplemente el que nos ofrecía mayor confianza. Los versos son de Alberti. 

Bien entrada la noche habían traído un telegrama a la enfermería. Venía de Sevilla y estaba firmado por una de las hermanas de Gallito: 

'Pepe, ¿qué ha pasado? Dime la verdad'

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.

jueves, 16 de abril de 2020

"LAS BANDERILLAS SON LA PROLONGACIÓN DE MI CORAZÓN"

Esa frase la dijo el que quizá sea el mejor banderillero que ha visto quien esto escribe, al final desvelaremos el misterio a ver si es el mismo que están pensando ustedes. Si son habituales de este modesto blog, nos habrán leído en más de una ocasión que, para nosotros, lo esencial de una corrida de toros son seis cosas: la visión del animal íntegro, la suerte de varas bien hecha, la verónica, un buen par de banderillas, el natural y una estocada a ley. Nada más. El resto, como decía aquél, son pamplinas.


Fernando Sánchez con uno de Raso de Portillo en Céret (2017)

No esperen un tratado técnico sobre el segundo tercio. Ustedes están al cabo de la calle de cómo hay que poner las banderillas. Nos entretendremos únicamente en aclarar algunos conceptos que suelen estar confusos entre los aficionados. Para abrir boca, aquí tienen a Carlos Arruza, sin saltar:



¿Se han fijado en que que los tres pares han quedado reunidos en el espacio de una moneda de un euro?

Más adelante iremos con nuestra propuesta con los mejores banderilleros de todos los tiempos donde son todos los que están. Por ejemplo, este otro, Pepe Bienvenida, de quien hablábamos en la entrada anterior. Sin saltar:




Ese par anterior es en Barcelona, tarde de no hay billetes con toros de Arturo Sánchez Cobaleda en 1946. Aquel día se picó con Arruza pero cuidado porque en aquella corrida se anunció un tercero en discordia que fue también excelente rehiletero, Morenito de Talavera. Miren, ¿qué me dicen?



Nuevo pique de Bienvenida y Arruza en Valencia en 1945. A la izquierda, Pepe y a la derecha, Carlos:



No dejamos al mexicano sin mostrarles esta foto de la corrida del Montepío de 1946 ante uno de Felipe Bartolomé:



Las banderillas se ponen de dos maneras básicas: al cuarteo o al quiebro. El quiebro debe denominarse así y no al cambio. Cambiar al toro es darle la salida por un lugar diferente del que se le marcó de inicio. En un quiebro el toro se desvía del cuerpo del diestro pero por el sitio donde le ha marcado éste. Todos ustedes recordarán que lo hacía muy bien Morenito de Maracay. En la foto queda claro que no hay tal cambio ya que el diestro indica al toro la salida por su izquierda y por allí se irá:



Hay dos variantes que no dejan de ser quiebros normales y corrientes: el que se realiza en una silla y el de Calafia en homenaje a la plaza de Mexicali donde El Pana lo popularizó (pulsen aquí). Sería más bonito denominarlo 'el par de la reina Calafia', que es de donde procede el nombre.

Hablando de quiebros, recordaremos que en Salamanca la tarde iba en barrena para Bomba y Machaco. El primero medio se congració con el respetable tras la lidia del quinto. Machaquito era quien iba a quedar bastante mal pero salió el sexto, que se movía más que los demás. El maestro aprovechó para ponerle tres pares al quiebro con los que se ganó sendas ovaciones. Sucedió que después de cada par, Bombita le pedía permiso para clavar también él pero por tres veces se lo negó el cordobés haciendo igual que san Pedro a la puerta del sanedrín. A raíz de esa negación, intentaron enemistarlos por diferentes medios pero no lo consiguieron. Éste es Bombita:


FOTO: ABC

Antiguamente se ponían banderillas a topacarnero, que era una especie de antecedente del quiebro porque se engañaba al toro con una inclinación del torso pero sin mover los pies del suelo. Paquiro decía que sólo debía hacerse 'si el toro es boyante y levantado porque es el non plus ultra de poner banderillas'. Nosotros no lo hemos visto nunca. Algunos como Amós Salvador dicen que a topacarnero es cuando vas andando al toro de frente como para topar con él. No estamos de acuerdo, eso sería un cuarteo de frente. En este dibujo se hacen una idea de lo que realmente sería a topacarnero:



Hubo un diestro que sí realizaba una especie de topacarnero obligado porque clavaba las banderillas con la boca. Era Juan Martín Marín, Platerito de Cádiz. Mordía una pieza de madera recubierta de plástico en la boca y así sujetaba las banderillas con los dientes. Lógicamente no podía cuartear y lo que hacía era ponerse en tablas desde donde llamaba al toro. Cuando se le venía, hacía un movimiento con el torso como en el topacarnero para clavar las banderillas con la boca y empujar el toro para darse impulso y salir de la suerte. No podía quebrar porque el toro se le iba demasiado lejos y con la boca no alcanzaba a consumar la suerte.



La cosa le costó más de un revolcón y la pérdida de bastantes piezas dentales. Lo bueno es que Platerito sólo ponía los garapullos o con la boca o al quiebro. Le preguntaron una vez y dijo 'es que no sé ponerlas de otra manera'. Ahí está:


FOTO: Espinosa

En una novillada del conde de la Maza en Utrera en 1975, el presidente no le concedió la segunda oreja en su primero. Pues ni corto ni perezoso Platerito subió al palco a pedir explicaciones de manera airada. No sabemos qué le dijo pero debió de ser muy convincente porque en su segundo cortó las dos y el rabo.

La otra variante básica es el cuarteo a no ser que estemos ante pares de recurso (que serían al relance, de sobaquillo, a la media vuelta o al sesgo). El cuarteo podrá ser al natural, de frente -donde se reduce el cuarteo al mínimo- o de poder a poder. Esta última modalidad suele dar lugar a equívocos incluso entre buenos aficionados. Antes de explicar en qué consiste, vean a Antonio Fuentes poniendo un par prácticamente de frente porque el toro no quiere hacer por él:



Y ahora observen este gran par de Maera, ¿es de poder a poder?



¿Y éste de Esplá?



¿Y éste de Gallito?



Pues no hay forma de saberlo, señores. Incluso El Cossío se equivoca en la página 957 de nuestra edición de 1981. Se ve a Joselito clavando y dice el pie de foto que es un par de poder a poder. No se puede saber si sólo nos enseñan el embroque. Éste otro de Maravilla, tampoco:



Para calificar un cuarteo de poder a poder tenemos que ver el inicio del movimiento. Sólo lo será si el toro arranca antes que el diestro y además embiste con brío, 'con gran velocidad', 'con fuerza' o, como decía Sassone, 'de repente':



Si el toro hace eso, se está adelantando al maestro y éste tiene que adaptarse sobre la marcha, lo cual supone un plus de peligrosidad y riesgo porque ya no es él quien lleva la iniciativa. En un cuarteo normal en que el banderillero provoca la embestida del toro, el hombre controla la situación. En un par de poder a poder tiene que controlarla obligado por la embestida del animal. Tiene mucho más valor que un cuarteo natural, por eso los habituales del blog habrán comprobado que cuando en una corrida lo vemos, siempre lo destacamos en nuestra crónica.

Luego se cuadrará en la cara o no, el par quedará más o menos reunido y el maestro saldrá más o menos airoso pero eso son cosas que no afectan al inicio del movimiento que es donde está la clave del poder a poder. Y, por supuesto, insistimos en que la arrancada del toro tiene que ser veloz, impetuosa, no sirve que dé dos o tres pasitos hacia el rehiletero porque eso no obliga al diestro a adaptarse a algo inesperado. Fíjense en este sensacional par que puso Raúl Cervantes a un guardiola de Santa Teresa en Tafalla, ¿es de poder a poder?


FOTO: Diario de Navarra

No. Pero no por la foto sino porque estuvimos presentes y vimos que fue un cuarteo natural. 

Podría darse una segunda modalidad del poder a poder. Consiste en que el diestro espere a que embista el toro para empezar su carrera. En ese caso no se ve sorprendido por el toro porque él espera su reacción pero eso no quita la complicación que supone adaptarse a esa embestida aunque sea esperada. Por tanto, también sería de poder a poder. 

Un maestro en hacer eso que acabamos de describir es Fernando Sánchez. Cuando lo vean, fíjense en que casi nunca empieza a correr antes que el toro, siempre lo provoca andando con torería. En este vídeo el realizador es tan torpe y tan ignorante que enfoca la cara del diestro en lugar del conjunto, con lo cual nos quedamos sin confirmar que el par sea de poder a poder ya que no vemos el momento de la arrancada del animal.

Poner banderillas de poder a poder es sólo para diestros con muchas piernas y mucha vista. Amós decía que únicamente era 'para toreros verdaderos'. Esa improvisación o adaptación del hombre al toro en esta suerte equivaldría a lo que sería una estocada a un tiempo (no al encuentro).

Maestros de consumada facilidad como Esplá o El Fandi a veces ven cómo el toro se les arranca de improviso y prefieren recortarlo para volver a colocarse y tomar la iniciativa ellos en el cuarteo. Esplá hacía un fantástico recorte saltando en la cara del toro y dando una vuelta sobre sí mismo en el aire con los brazos levantados. El Fandi fue capaz de recortar a Zahareño cuando se le vino encima por sorpresa mientras brindaba al presidente. Si improvisó aquel sensacional recorte con la montera, la muleta y el estoque sin despeinarse, imaginen lo que puede ser capaz de hacer cuando tiene tiempo para preparar el embroque:



Hablando de recortes, El Cossío se refiere a un par de banderillas al recorte, que nosotros no recordamos haber visto nunca. Imaginen a uno de los grandes campeones de los concursos de recortadores que, justo tras el embroque, inclinase un poco el torso para dejar un par de sobaquillo. Ése sería un par de banderillas al recorte, como si el recortador de esta foto clavase las banderillas medio girándose hacia el toro: 



Dependiendo de dónde esté el toro, el cuarteo será por dentro, de dentro afuera, de fuera a adentro o al sesgo, el cual, como decíamos antes, en un recurso para toros aquerenciados en tablas.


Piensen que la suerte de banderillas sigue siendo, en esencia, la misma que en tiempos de Lagartijo o incluso antes. No sucede eso con ninguna otra excepto con la estocada. Ni la verónica es la misma, ni la suerte de varas, ni el natural… Tiene la ventaja de que es una suerte que se realiza en movimiento pero con el gran riesgo de que cualquier cornada suele ser grave. El citado Antonio Fuentes sufrió una tremenda cogida en la ingle en 1912 en Santander al salir del embroque. En cambio, a éste de abajo jamás lo rozó ningún toro al poner banderillas:

Pepe Dominguín en 1945

Para la familia Dominguín el segundo tercio no tuvo secretos pero el mejor de todos fue Pepe, a quien vemos de nuevo abajo clavando ante la mirada de Luis Miguel:



La foto pertenece a la corrida del 15 de mayo de 1948. El tercero del cartel era Rafael Ortega Gómez, Gallito, de quien tenemos pendiente hablar en nuestra serie sobre el centenario de la muerte de su tío. Había máxima expectación con alguno arriesgando la vida por las paredes:



La corrida terminó con salida a hombros de Luis Miguel a quien acompañó Pepe por las banderillas que puso, no por haber cortado orejas ya que mató mal. Aquel día Luis Miguel hizo un quite de frente por detrás que culminó poniendo la montera en el testuz del toro con la plaza dividida entre los que lo silbaban y los que lo ovacionaban. Éste fue el instante:



Volviendo al segundo tercio, el matador debe banderillear cuando entienda que puede lucirse y que va a  hacerlo mejor que sus subalternos. Y es que hay diestros que llevan en su cuadrilla banderilleros mejores que él. Lo que no puede ser es que el maestro salga obligado o a desgana con los palos y se dedique a clavar como quien va a la oficina un lunes. 

Es lo que hizo Paquito Esplá con uno del Conde de la Corte en Las Ventas en 1997. No quería clavar pero desde el tendido protestan y él, con visible disgusto, coge los palos. Mientras va hacia el toro hace un gesto de resignación dirigido al respetable abriendo los brazos y negando con la cabeza, vean:


Y luego pone tres pares muy deficientes, todos a toro pasado. Aquí ven una imagen que hemos capturado de uno de ellos:


Lo pueden comprobar en el minuto 6'46'' pulsando aquí. Ese tercio es  indigno de Esplá. Pero es que los grandes banderilleros tienen tanta habilidad que son capaces de escoger entre clavar en la cara, en la pala o a toro totalmente pasado. Como además saben que se les aplaude igual, no les da ninguna vergüenza el aliviarse. Pero en el vídeo comprobarán que cuando termina Esplá, se oyen palmas de tango de los aficionados a quienes no se la ha dado con queso (Antoñete dice 'están protestando...' pero no aclara por qué mientras Molés, que sí sabe la razón, hace como que no lo oye y calla como... bueno, dejémoslo).

Y de los saltos atrabiliarios al clavar banderillas, ¿qué me dicen ustedes? Todas las fotos que han visto hasta ahora las hemos seleccionado porque son pares excelentes. Aquí tienen alguno más donde se ve claramente que el diestro mantiene los pies en el suelo, como tiene que ser porque el torero no es un saltimbanqui sino un torero, que es algo muy serio:

Pepe Dominguín en Colmenar a uno del Marqués de Albayda (1949)

Podemos disculpar un saltito mínimo como éste de César Girón a un pablorromero en Valencia en 1954:



O este del mismo Pepe Dominguín a uno de Prieto de la Cal en Barcelona en 1951:



Despegan los pies, cosa que no deberían hacer, pero es menos de un palmo. En cambio éste a quien ven desde fuera de la plaza, ¿quién es?


Ferrera. ¿Y éste otro de abajo que tal baila?


El Fandi. Con todos los respetos, eso no puede ser, las acrobacias deben quedar para el circo, no al poner banderillas. 

Vamos con nuestro personal enumeración de los mejores banderilleros de la historia. Les damos la opción de que nos propongan añadir algún otro nombre a la lista pero con una condición: tendrán que indicarnos a quién quitamos para sustituirlo por su candidato. 

Dividiremos en cuatro épocas:

Del siglo XIX ponemos a Juan León, Gordito, Lagartijo, Guerrita y Antonio Fuentes.

- Del XX antes de la guerra a Maera, Magritas, Joselito, Gaona, El papa negro, Sánchez Mejías, Manolito y Pepe Bienvenida y Rafael Ponce Rafaelillo. 

Éste de abajo es Luis Suárez, Magritas, que siempre entraba por el pitón izquierdo. Más de dos mil doscientas corridas en las cuadrillas de algunos de los más grandes, desde Gallito y Belmonte a Pepe Luis y Antonio Bienvenida pasando por Pastor, Domingo Ortega o Chicuelo:



Falta uno de esos años a quien ya han echado en falta algunos de ustedes, Enrique Berenguer, Blanquet. Le ponemos de comer aparte por la frase de El Gallo cuando le preguntaron por el segundo tercio: ‘para mí, en banderillas sólo existe Blanquet’




No podemos dejar de incluir el celebérrimo par de Gaona en Pamplona captado por Rodero. El diestro decía que el ángulo de la foto producía un efecto que no era real. Sucede algo parecido en la imagen que han visto antes de Raúl Cervantes en Tafalla.



- De después de la guerra, Pepe Bienvenida, Arruza, Pepe Dominguín, Miguelín y César Girón.

Arruza en Barcelona (1944)

- De los recientes, Esplá, Mendes, Paco Honrubia, El Formidable (pulsen aquí los más jóvenes), Sánchez, Cervantes, Juan Contreras, Chacón,  Raúl Martí, Otero... 



Al clavar hay que mostrar una imagen de fragilidad, como decía Esplá. El aficionado debe disfrutar con el contraste entre la fuerza bruta del animal en su ciega embestida y la debilidad de la figura del maestro, que burla esa fogosidad a cuerpo limpio cuando deja los palos. Por eso no son de nuestro gusto los banderilleros que clavan como si quisieran partir el toro por la mitad. Las banderillas hay que 'depositarlas' en el toro más que clavarlas. Ese contraste entre ímpetu ciego y gracilidad es el que transmite este par de Paco Honrubia (salvo error):



Afortunadamente, la cuadrilla de Castaño dignificó un segundo tercio que sumaba lustros en horas bajas porque los peones tenían miedo de hurtar aplausos a su jefe. Lo habían convertido en un insufrible trámite y a partir de entonces se reivindicó. Esperemos que algún día se dignifique también el tercio de varas, aunque no tiene pinta.

¿Y qué hacemos con El Fandi? ¿Lo incluimos en la lista de los mejores? Siempre que no salte al clavar y cuadre en la cara, sí, aunque el problema es que eso ocurre pocas veces. Cuando quiere, está claro que sabe hacerlo muy bien:


Ha clavado con los pies en el suelo, como tiene que ser. Igual que Juan Contreras aquí:



Falta uno de los recientes, ¿verdad? Efectivamente, es que se trata del autor de la frase del título, el mejor banderillero que ha visto quien esto firma, insistimos:


Don Manuel Montoliú, de quien hablábamos en nuestro blog a cuenta de aquellos dos atanasios que mataron a dos toreros como él y el hermano de Camino (pulsen aquí). 



Preguntaron a Montoliú cómo había que poner banderillas y dijo esto que nos sirve de colofón a la entrada:

"Debes empezar a sentir la suerte en cuanto tienes los palos en la mano. A partir de entonces hay que empezar a crear belleza. El sentimiento acaba cuando en la barrera vuelves a coger el capote. En medio hay que añadir la torería, el valor para dejarse ver sin excentricidades, el cuadrar en la cara con los pies juntos y sin saltar y el salir con garbo del embroque, a ser posible, andando"

Aquí lo pueden ver en acción. Él era quien decía que 'las banderillas son la prolongación de mi corazón'. Vuelvan a leer sus palabras con esas referencias a sentir la suerte, crear belleza y mostrar torería sin pasarse de rosca porque son las de un Torero que siente su profesión. Montoliú fue un hombre con afición, un Torero con mayúsculas, tal como hemos escrito las dos veces para que no haya lugar a dudas.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.