lunes, 10 de noviembre de 2025

¿FUE 'JUDÍO' DE FUENTE-YMBRO UN TORO BRAVO?

Recordarán que en la pasada feria de San Isidro hubo su polémica a cuenta de este sexto toro de la corrida de Gallardo, el que mató Diego San Román. Que si fue bravo, que si solamente encastado, que si las dos cosas, que si de una bravura parcial y no total, que si faltó o no el tercer puyazo, que si la pelea en el peto fue o no la adecuada, que si habría que haberle dado más distancia en la muleta...



Vamos a analizar su lidia y a ver si llegamos a algunas conclusiones. Pesó 561 kilos. El trapío, impecable, aleonado. Su pinta: castaño, bragado, bocidorado, listón y perfectamente encornado.



Llama la atención cómo mete el cuerno izquierdo en el capote del diestro ya desde el recibo. Este es el tercer lance:



Es una pena que cambie a de frente al costado, o sea, vulgares chicuelinas. Pero en la revolera vuelve a acreditar la bondad de ese cuerno, vean:



Lo coloca muy bien en suerte. El también mexicano Reyna tiene problemas para dominar el resabiado monstruo equigárcico, que se huele la presencia del toro e intenta escaquearse. Al final, a caballo atravesado, el toro acude y lo pincha en el lomo, ahí lo tienen. Por lo menos no le tapará la salida sino que lo abrirá:



Atención al detalle de que el animal empuja con el costillar, observen:



En la crónica escribimos que intentó quitarse el palo. Alguno debió de pensar que exagerábamos pero aquí abajo lo ven. No es precisamente la forma en que un toro verdaderamente bravo metería la cara en el peto. La posible justificación de que ese puyazo en el lomo moleste al toro y se lo quiera quitar no nos termina de valer porque al 95% de los toros los pican atrás y no actúan todos como éste:



Es de agradecer que lo coloque de largo en el segundo, con el picador llamándolo:



El toro escarba tres veces pero al final se viene al galope:



El piquero quiere volver a atravesar el caballo pero éste lo desobedece intentando zafarse del previsible trompazo. Fíjense abajo en que el del castoreño ha quedado vendido, con el toro viniendo en carrera y él dando la grupa del caballo contra su voluntad. Ya nos dirán cómo picas el toro en esa posición. Tuvo que ser un instante de muchísimo apuro para Reyna:


Desde otro ángulo observen el papelón del picador cuando el caballo se le quería marchar de ahí y lo obligaba a picar casi de espaldas:


El tal Judío choca y levanta las cuatro patas del caballo pero el picador ha marrado. Intenta clavar mientras en el fondo San Román le dice que levante, que no hace falta. Se acordaba en ese momento de que el anterior se lo había dejado crudo Román cortándole una oreja:



Reyna no hace caso y clava en el mismo agujero trasero del primero. El toro empuja contra el tope de las tablas. El puyazo dura seis segundos, con los monolistos dando la nota ahí detrás... ¡pongamos que hablo de Madrid! Uno, golpeando la grupa del caballo; otro, manoseando las riendas y hay un tercero que no sabemos qué trapacerías hará porque está oculto tras el jinete:



Como la retransmisión fue mala, no se vio si salió suelto. Le otorgaremos el beneficio de la duda porque había un peón por ahí cerca. No obstante, habrán anotado igual que nosotros varios detalles negativos para calibrar su bravura: empuja con el costillar, lleva la cara no alta sino altísima, como de toro tentado, y escarba antes de arrancarse en el segundo.

¿Qué hubiera pasado en una tercera entrada de más largo? No lo sabremos nunca. En nuestra opinión podría haber vuelto a escarbar, se podría haber vuelto a arrancar y... aquí no nos atrevemos a decir si hubiera cantado la gallina. La cuestión es que este primer tercio nos ha dejado claro que no puede dársele el exigente calificativo de bravo. Hay que ver dónde lo han picado...



Escandaloso primer par de Gallego, a toro tan pasado que se ha quedado sin animal y los palos caen en el espinazo. Que con esos puyazos y ese par de banderillas embistiese como lo hizo es un gran milagro de la genética. El toro nota el pinchazo pero no ve quién se lo ha hecho:



Herrera no es tan desahogado y clavó más decentemente. El toro hizo hilo con él hasta el burladero, detalle muy positivo en el que los revisteros antiguos siempre se fijaban:



Gallego vuelve a reírse del público en lo que fue la tónica general de todos los banderilleros en el serial isidril, ¡una vergüenza!



Siete pases de tanteo por abajo para sacarlo a los medios y uno final de tirón. Ha visto lo mismo que nosotros y se echa la mano a la izquierda pero en el segundo pase el toro le suelta un tornillazo que está a punto de golpearle en la mandíbula:




Han sido nueve pases con la izquierda en los que el toro se ha puesto muy violento (¿a causa de esas banderillas en el espinazo?). Se habrán fijado en la imagen anterior en que al pobre le mana la sangre por el costillar.

Seis pases más con la izquierda con el toro que se quiere comer la muleta. En el último intenta desarmarlo sin éxito. Decide cambiar a la derecha. '¡Apóyala abajo!' le dicen con acento mexica desde la barrera. Se le viene el toro y tiene que quitárselo de encima con dos pases de recurso. Pero es que cuando medio se coloca, el toro arrolla la tela como se aprecia en la imagen y tiene que volver a la zurda con presteza. Vean por dónde le ha colado el cuerno derecho:



Vienen cuatro naturales y el de pecho, metido en el terreno del toro, sin echar la pierna atrás, toreando hacia adelante con el objetivo de acobardar al toro:



Tres naturales buenos donde el toro se ciñe tanto que el diestro debe salirse y volverse a colocar. Cuatro más y el remate, con el toro pasando muy cerca:



Tiene justificación que el maestro se vaya a dar un paseíto para respirar porque el corazón debería de irle a ciento ochenta pulsaciones. Pero es un error porque el toro también recupera el resuello. Se aprecia cuando en la siguiente tanda embiste con fuerza los dos primeros pases pero se ralentiza en los dos siguientes.




Vienen ocho pases más siempre con la izquierda precedidos por un arreón inicial del toro cuando aún no se había colocado. El toro le avisaba de que no estaba toreado del todo: 



Tres de remate y un desplante con honor y no como esos patéticos en plan Castella ante un norit moribundo. Con la espada de verdad se dobla siete veces por abajo para terminar de ahormarlo:



Acierta escogiendo la suerte natural y el palillo apunta al morro, sin telonazo:



Dos defectos: esa pierna izquierda debería avanzar arrastrándola hacia el toro y esa mano derecha no debería ir tan alta:




El toro le ha pegado esa última tarascada que han visto. Bueno, la penúltima porque luego no hace caso de capotes y persigue al maestro con toda la casta que aún le quedaba dentro. Pierde la muleta pero se lo consiguen quitar de encima. La espada ha quedado casi entera, perpendicular y delantera:




Estamos hartos de ver estocadas traseras, caídas y bajas y ésta fue delantera y arriba aunque perpendicular.

El toro dobla con derrame cuando antes de la estocada todavía tenía otra faena. Hubieran podido llamar a Aguado para que se la hiciese pero seguro que antes habría hecho salir a su picador para darle otra buena tunda. 

El resto ya lo saben: mínima petición y saludos de San Román. Son unos saludos que para nosotros valen más que cualquier oreja del pasado San Isidro. 



Una faena de treinta y nueve pases, toda con la izquierda, sin la ayuda, a un toro con poder, con casta y con mucha codicia. Valentía por arrobas, pasándoselo muy cerca, sin esconder la pierna y sin ceder un paso ante él. Se jugó la vida queriendo hacer las cosas con verdad y dando la impresión a los del tendido de que nadie querría estar ahí abajo en su lugar. Entonces, ¿qué más queremos? Para nosotros, la mejor faena del año teniendo en cuenta todos estos ingredientes, especialmente la dificultad del toro que tenía delante.

A Judío nosotros lo calificábamos en la crónica como 'con poder y encastado en la muleta'. Nos reafirmamos completamente en aquella apreciación del momento. De ninguna manera lo calificaremos como bravo visto lo visto. 

Pero, si nos paramos a pensar, ¿qué más da? Lo que demandamos es casta y movilidad. La bravura depende muchas veces de una buena lidia y puede que éste fuera el caso aunque los detalles reseñados en su pelea con el caballo nos dejan con la mosca tras la oreja.

Sea como fuere, toros como éstos son los que hacen afición ya que nos permiten hablar de ellos durante el invierno. Porque, si se paran a pensar, ¿cuántos son los toros de los que guardamos buen recuerdo a final de esta temporada? Cigarrero, Yegüizo, Relamido, Bronceado, Brigadier, Saltillo, Felino... Se cuentan con los dedos de las manos y Judío fue uno de ellos.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa. 


jueves, 6 de noviembre de 2025

PAULA: UN RECUERDO DESAPASIONADO

El 28 de septiembre de 1987 fue el día que ha quedado señalado en el recuerdo de los aficionados como la entronización de Paula en Las Ventas. Aquella tarde todo el mundo se volvió medio loco: el tendido, la prensa taurina y un poco también el palco.



Se corrían toros de Buendía en un encierro que por su trapío no entraría hoy ni como una novillada en Algemesí. En el cartel, Paula, Manzanares y Ortega Cano. El jerezano substituía a Julio Robles. Lo de los dos últimos fue perfectamente olvidable. Paula en el primero escuchó una buena bronca tras dejar al buendía como un colador entre estoque y verduguillo.



Su segundo renqueó y el presidente Espada no dudó y enseñó el verde. Salió como sobrero un toro que debía de llevar tiempo en los corrales. Tenía el hierro de Martínez Benavides, la ganadería que herraba con un corazón.



Eran una bonita mezcla de Murube y Santa Coloma, algo que nosotros nos plantearíamos si tuviésemos dinero y ganas de montar una vacada de bravo. Pueden leer pulsando aquí lo que sucedió tras la muerte de don Francisco en 1989 con su curioso testamento.

Recordamos esta ganadería porque siempre lidiaba una corrida al año en la plaza de Tarragona, a veinte metros de donde estamos escribiendo. Era la época en que Valencia ejercía como empresario. Los toros salían astifinos, cosa noticiable en el coso tarraconense, donde tantas veces veíamos plátanos. Precisamente el Corchero este de Paula exhibía dos agujas.

El animal era feo de hechuras y nada más salir empezó a hacer cosas de estar corraleado. Se frenaba, husmeaba, se engallaba... Entre eso y los dos puñales, se oía un runrún en la plaza que presagiaba los tres avisos. Nadie daba ni un duro por que el gitano le plantase cara.

Pues héteme aquí que lo sacó desde la raya hasta casi la boca de riego a base de unas verónicas que enloquecieron al capitán del siete en aquel entonces. Éste no era otro que El Lupas, quien se puso en pie aplaudiendo con frenesí. Como suele suceder cuando algún santón del siete reacciona así, el resto de ese tendido se levantó como un solo hombre aplaudiendo con él.




Estamos en los años ochenta y lo que criticaba o aplaudía el siete no se discutía como ahora. Si protestaban, el resto de la plaza callaba. En caso de que aplaudiesen, todo el mundo los secundaba porque pensaban que si los que siempre protestaban, en seco aplaudían, es que aquello tenía que ser muy bueno. Esta ley no escrita solamente se rompió excepcionalmente, por ejemplo aquel día de la cogida de Curro Vázquez cuando Bojilla se encaró con ellos desde abajo y la plaza se dividió. Aconteció en 1983 y lo contábamos aquí. Ya verán que aquel día se armó la marimorena y la policía llegó a subir al siete para detener precisamente a El Lupas y sus corifeos.

Volviendo a Paula, lo mejor fue la media con que dejó seco al toro casi en el centro del ruedo. Hasta el presidente Espada recordaba emocionado aquellos lances cuando hablábamos con él en nuestra ciudad, donde veraneaba (recuerden aquí).




Luego vino una faena con excesivos enganchones y movidita de pies. Algunos pases fueron excepcionales pero de manera aislada. Se esforzó por rematarlos en la cadera, cosa casi imposible de ver en nuestros días. Sobre esto, recuerden lo que decía, que es lo mismo que sostiene Pepe Luis Vargas junto a otros toreros, quienes se echan las manos a la cabeza viendo el destoreo de hogaño. Lo que afirma el jerezano nos reconcilia con lo que defendemos en este insignificante cuadernillo desde que comenzábamos nuestra andadura:

"Tengo recursos y además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza, ¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el recorrido del toro tal como yo lo entiendo." 

Fíjense en esta foto. ¿Quién es capaz de acercarse a esto hoy en día? Creemos que sólo Juan Ortega:



Pero de ahí a calificarlo como una de las faenas del siglo... qué quieren que les digamos. Eso sí, El Lupas y su siete siguieron jaleándolo y detrás de ellos, toda la plaza.

Con visibles muestras de agotamiento, el diestro dio un sainete memorable con la espada y el presidente le perdonó el tercer aviso: un pinchazo, una media muy mala y nueve descabellos entre gestos de desesperación. Tras morir apuntillado, Paula se sentó en el costillar del toro porque no podía más. No obstante, sacó fuerzas de flaqueza para dar una clamorosa vuelta al ruedo vitoreado por un público entregado hasta la enajenación. Ya saben que muchas veces hizo el paseíllo infiltrado cuando no directamente drogado. Curro no quería compartir cartel con él porque sabía que le podría tocar matar más de dos toros. 



Recuerden que decía esto sobre el esfuerzo físico al torear:

"el toreo se hace hoy con ventajas y triquiñuelas: vaciar al toro por delante cuando debe ser atrás, pegarle un montón de pases, salir corriendo al rematarlos. Este ejercicio requiere un fondo físico enorme, pues el torero se pasa la faena entera yendo de un lado para otro. Se ha sustituido la hondura del toreo por la superficialidad de pegarle pases; su concepción artística, por la deportiva; su grandeza, por la mediocridad."


Toro de Osborne con Galloso y Robles en Madrid. FOTO: Botán

Aquel día convirtió la plaza madrileña en el frenopático de las grandes ocasiones, aunque quizás ha sido la vez que más. A nosotros nos pareció que  todo aquello se había salido de madre. Incluso Joaquín Vidal perdió los papeles y escribió una crónica plena de cursilerías dignas de los taurinos más relamidos, o sea, indignas de él:

"Las verónicas aleteando el capotillo precioso de vueltas azules -de güerta-jasule-, la media verónica citando de frente, la brega al cuarto toro-torazo sin permitir que nadie interviniera en la lidia, fueron el preludio de la manifestación más sublime del arte de torear. Nunca el toreo fue tan bello. Jamás el toreo, en las décadas últimas que se recuerdan, alcanzó la grandeza a donde lo llevó Rafael de Paula con su faena de muleta al toro-torazo, cornalón y astifino, que salió, sobrero, en cuarto lugar (...) Qué decir del público, mientras tanto. El público ya se había puesto en pié a los primeros compases, aplaudía, braceaba, gritaba, y cuando parecía que había agotado su capacidad de asombro, el torero le sorprendía con nuevas creaciones, que escalibaban las ascuas de aquella obra ardiente."



¿Escalibar? Será escalivar. ¿Obra ardiente? Escribe pie con acento y las comas están mal puestas... Queda claro que se dejó llevar por la emoción y no cumplió con aquello que él mismo pontificaba de mantener la sangre fría. Es de sobra conocido:

"A los toros hay que ir dispuesto a sufrir; provisto de lupa para comprobar la casta y fortaleza de las reses, la integridad de sus astas, el discurrir de la lidia, el mérito de los lidiadores, la calidad de los lances…"

Habló de Corchero y dijo que le había parecido "impresionante por encastado, con gran movilidad, de embestida alegre y gran transmisión; de excelente trapío y perfecto de hechuras; un animal bellísimo, vareado y musculado" (sic). Discrepamos con todos estos calificativos como pueden suponer.


Toro de Bohórquez en mano a mano con Romero en Las Ventas

Con el paso de los días las aguas volvieron un poco a su cauce. Recordamos un artículo de Ignacio Borrell en el suplemento taurino de Diario 16 donde afirmaba que hasta él mismo se había dejado llevar por aquella especie de catarsis colectiva pero que al volver a analizar la faena había encontrado no pocos defectos. 



Fue un honor que el conspicuo nieto de don Fermín Bleu, pseudónimo de Félix Borrell, viniese a nuestro terreno. Hemos buscado ese artículo en nuestro archivo pero no aparece, o sea que nos tendrán que creer. En el fondo el problema lo tenemos nosotros por culpa de nuestra sangre helada y nuestro espíritu cartesiano, que nos hicieron mantener la cabeza fría en medio de aquella loquería. 

El problema es que en la tauromaquia el transcurso del tiempo siempre engrandece las situaciones. Lo veremos en un futuro próximo cuando menudeen las desaforadas alabanzas a los Juli, Morante y compañía tal como pasen los años tras sus retiradas.



Qué bien cogía el capote, ¿verdad? Recuerden precisamente esta entrada.



No se incomoden por esta desapasionada entrada los paulistas, que son legión y más entre nuestros pocos pero selectos lectores. Por si no querían caldo, un amigo lector de Barcelona nos recuerda aquel año de 1975 en que él estaba presente en la Monumental cuando se negó a matar el sobrero de Ernesto Louro y fue detenido y multado. La foto de abajo es de cuando esperaba en el callejón los tres avisos. Tienen la historia aquí, donde nuestro amigo Paco recuerda que venía de matar tres toros dos días antes en Madrid con el resultado de bronca, bronca y bronca:



Hemos querido homenajear al maestro recordando aquella tarde madrileña aunque lo hayamos hecho poniendo nuestro grano de arena en desdramatizar un poco lo sucedido. Disculpen si les ha parecido fuera de lugar tras su reciente óbito pero como habrán leído tantos panegíricos al diestro, nos hemos querido salir un poco en nuestro modesto blog de ese turiferario ambiente.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa. 


Curro en el entierro de Paula con el hijo del maestro. Sólo queda él.



lunes, 3 de noviembre de 2025

MORANTE Y CURRO: UNA RETIRADA PARALELA

Estamos ante dos de los tres toreros más religiosos que ha dado la tauromaquia. Los calificamos así por la cantidad de feligreses que han tenido. El otro ha sido El Gallo, claro. Seguro que si alguien hubiera tenido la peregrina idea de montar una religión o siquiera una secta bajo la advocación de cualquiera de los tres, habría encontrado sus adeptos. Rafael de Paula, que en paz descanse, estaba un escalón por debajo.

No obstante, los cuatro coincidieron en que cuando estaban mal, desataban las iras del tendido. Era porque se les notaba el miedo, que es lo peor que puede suceder con un torero en el ruedo.

Por eso desde nuestro modesto blog nos hemos referido siempre a los admiradores de Morante como feligreses. Corrochano comentaba muchas veces la inconcebible admiración que mostraban hace cien años muchos de los coetáneos de El Gallo. Ha sido exactamente la misma idolatría que los hinchas de Curro y de Morante han demostrado por ellos.

El paralelismo entre estos dos últimos que indicábamos en el titular lo enmarcaríamos en varios aspectos. A vuelapluma, podríamos apuntar: la verónica, el temple, el desprecio por la suerte de varas, el matar a paso de banderillas y el mismo desdén por los toros que no les gustaban. Cuando se daba esta última característica,  subyacía en ambos un menosprecio total por quienes habían pasado por taquilla.

Pero hay además otra circunstancia curiosa que coincide en la retirada de ambos y que es la que nos ha movido a compartir con ustedes esta entrada. Pero antes comentamos esos otros paralelismos.

La verónica va a gustos. La de Morante siempre fue más barroca, con la mano de salida más alta. Era más estudiada, más pensada, o sea, menos natural. La de Curro, que en América denominaban romerina, sí fue más natural, cogiendo el capote mucho más cortito, con menos tela, con manos más bajas y, como decía él, 'sin sacudir el toro para afuera, toreando para adentro, lo cual tiene más exposición pero tú gozas más y a su vez también el público se emociona más'

Al comparar ambas imágenes se aprecia la mano más baja de Curro y el cuello forzado de Morante:




Ya que estamos, comparemos también la media verónica, de la que hablábamos aquí. Está claro el mayor barroquismo de Morante. Observen que Curro tiene ambos pies sobre el albero mientras que José Antonio levanta el izquierdo al rematar:




La suerte de varas nunca preocupó a ninguno de los dos. Para ellos era un trámite con el cual ahormar, o machacar, el toro con el único fin de edificar su obra de arte. El artista era lo primero mientras que el toro era su instrumento, no un ente en sí mismo, de ahí su desprecio del primer tercio. 

Solamente se preocupaban del picador cuando le ordenaban que matase aquellos toros que no habían movido las orejas a su gusto. Eso de que en seco un toro no les gustase era un arcano para el común de los aficionados ya que el propio Curro decía una frase que suscribiría Morante: 'yo, al toro bueno... bueno, al que a mí me parece bueno...' Si la volvemos al revés, es decir, con el toro que a ellos les parecía malo, habría que preguntarles lo mismo que aquel aficionado de Utrera sentado detrás de nosotros el día de la encerrona de Morante con Prieto de la Cal: 'pero mi arma, ¿éste tampoco?, ¿y a éste qué le has visto?' (recuerden aquellos divertidos comentarios que transcribíamos en nuestra crónica).

Hemos sufrido a picadores de Morante masacrando vilmente toros suyos a los que luego él ha pegado dos mantazos y entrado a matar a como diese lugar. Y los más talluditos recordarán aquellos puyazos asesinos que Curro ordenaba... ¡con el tercio cambiado! El escándalo solía ser monumental pero él, como si oyese llover. 'Yo no tengo miedo al público', repetía, en una afirmación que también firmaría Morante.

Con la muleta observamos bastante similitud entre ambos, siendo de nuevo Morante más barroco y Curro más natural. El empaque y el temple son parecidos. Sobre la longitud del pase sabemos que hay aficionados que censuran a Curro que lo suyo eran medios pases porque no los daba todo lo largos que debiera, con todo su recorrido completo. 

No acabamos de compartir esa idea pero la dejamos indicada para que conste en acta. Es que él sostenía que el pase tenía que ser a lo que diera el brazo, sin forzarlo. Y además se quejaba de que eran quienes citaban con la muleta retrasada los que pegaban medios pases o incluso menos: 'Con la muleta retrasada se da un cuarto de pase porque se vacía cuando se empieza a rematar; eso es comenzar el principio por el final'.




La media altura de Curro que han visto también es discutida por muchos pero a nosotros nos encantaba. Morante coge el palillo escondiendo los dedos bajo la tela mientras que Curro es más académico (recuerden lo explicado aquí). La forma de embestir de ambos toros no tiene nada que ver. El de Morante es más formal, que es lo que se busca en el siglo XXI, la formalidad de los toros. ¡Hay que ver! 

Igual que nos planteamos qué haría Maradona hoy con la protección de que gozan los futbolistas por los árbitros, siempre pensamos en cómo torearía Curro estos norits de hogaño que demuestran tanta fijeza, tanta humillación, tanto recorrido, tanto descuelgue y tanta indulgencia con los errores del diestro.

En los desplantes se parecen mucho, quitando aquellas originalidades de Morante con una rodilla en tierra o limpiando las lágrimas a un toro con un pañuelo emulando a Gallito (aunque Maravilla lo que hizo en su día fue escupir en el cuerno para luego limpiarlo):




En la estocada sí que hubo una gran diferencia entre los dos. Morante fue un excelente estoqueador mientras que Curro ya lo decía él mismo: 'no he matado un toro bien en mi vida, pero es que ni siquiera  medio bien...' Néstor Luján, de quien deben leer ustedes su Historia del Toreo si no lo han hecho todavía (recuérdenla aquí), distinguía tres tipos de buenos matadores: el estoqueador excepcional, como Celita o Malla; el matador notable por su facilidad, como Armillita, y el matador excelente sin paliativos, como Curro Martín Vázquez. Esto lo escribía en los años cincuenta y se limitaba a los que había visto él.

Nosotros no tenemos ningún empacho en colocar a Morante en el Olimpo de los matadores excelentes: 



El problema es que sólo mataba como Dios manda cuando le daba la gana y eso era pocas veces. Solía coincidir en plazas importantes cuando veía que ya tenía cortado algún trofeo. Recordamos la estocada del rabo de Sevilla o la de su corte de coleta en Madrid, ambas buenísimas:




No perdonamos a ambos maestros que a los cientos de toros que no les gustaron en su carrera los matasen a bochornoso paso de banderillas, demostrando siempre un miedo cerval. Ahí los dos diestros eran tal para cual. Esto que ven no es matar un toro sino asesinarlo sin vergüenza:




Ordóñez decía de Romero algo que muchos morantistas firmarían para el de La Puebla: '¿qué más da cómo ha matado después de ver cómo ha toreado?' Pues, maestro, si  le parece volveremos la frase al revés para aplicarla a toreros sin arte pero buenos estoqueadores. Andrés Vázquez decía que antes que torear había que saber matar. Esto lo decía aplicándolo a cualquier torero, no pensando en Damián Castaño, si nos permiten la maldad.

En uno como Curro, que era matador de toros sin saber matar, podemos llegar a entender que clavase siempre el estoque de cualquier manera. Pero en Morante no nos entra en la cabeza. ¿Cómo puede ser que supiera hacer la suerte con tan gran pureza pero lo demostrase en tan pocas ocasiones?, ¿por qué ha preferido casi siempre salirse con indecencia alargando el brazo para pegar la puñalada? Si sabía matar muy bien los toros, ¿por qué los asesinaba?

Piensen en que la estocada es la única suerte del toreo que permanece inalterada desde hace doscientos años. Y además es la única que depende en un altísimo porcentaje de la disposición del maestro. Nos referimos a que si el diestro quiere ejecutarla con verdad, es igual el toro que tenga delante. Morante nos dio poca cal y mucha arena. Insistimos en que al depender siempre del diestro el hacer bien la suerte suprema, nunca le perdonaremos tanto escaqueo. Comparen con miedo y sin miedo:


Para acabar, lo que comentábamos al principio: ¿qué tienen en común las retiradas de ambos maestros? Ustedes pensarán que la sorpresa del anuncio, ¿no? Uno de improviso en una entrevista de radio y el otro en el platillo de Las Ventas. Sí pero hay otra circunstancia que queremos remarcar y es que en ambas medió una voltereta de Morante con caída muy peligrosa.

La reciente de Madrid la recuerdan perfectamente. Toreando de capa el toro lo levanta del suelo, aterrizando de cabeza y queda sólo felizmente aturdido para lo grave que podría haber sido:


FOTO: Juanelo López

Al fondo de la imagen se veía al maestro Moore haciendo estas dos fotos de abajo:



Curro estaba toreando el festival de la Algaba con sesenta y seis años. A su lado, un joven Morante con veintiuno recién cumplidos. Durante la faena de muleta, el toro engancha a Morante y lo voltea de manera muy parecida a lo que sucedió en Las Ventas:



La caída del diestro es casi la misma que en Madrid. Desde dos metros de altura cae y se golpea la cabeza doblándose el cuello:



Entonces no tenía el exceso de peso de ahora y se levantó sin problemas. Curro vio esa caída tan fea y se le quedó marcada en el cerebro. Tan es así que por la noche, cuando era entrevistado por Fernández Román, anunciaba por sorpresa su retirada de los ruedos.

Allí dijo que era para dar paso a los jóvenes pero con el tiempo reconocería que esa caída de Morante le dio que pensar. Lo que pensó fue que si le hubiera sucedido a él, con sus años y sus kilos, probablemente habría quedado inválido en una silla de ruedas.

¿Pensó algo parecido Morante durante la faena a ese último toro de su vida? Tras la segunda oreja regalada por el presidente es posible que ya no le quedase ninguna duda sobre el retiro. Quizá con el tiempo nos lo aclare,  tal como hizo Curro Romero en su día.

El problema es que si la cogida fue el detonante para que escenificase su retirada, conforme transcurran los meses y se le pase el efecto de la impresión, no les extrañe que esté de vuelta el año que viene para hacer una selectiva ronda de paseíllos que le llenen bien el bolsillo. Al tiempo...

Al habernos dedicado a comentar especialmente los paralelismos entre uno y otro, no hemos resaltado una gran diferencia: Curro siempre tuvo la cabeza mucho mejor amueblada que Morante. El camero fue coherente y nunca ha vuelto a ponerse delante, ni siquiera en un simple tentadero. El cigarrero, ya veremos.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.