Lo primero que llamó la atención fue la división de opiniones en el tendido entre los que querían hacer salir a saludar a Morante y los que protestaban, seguramente por haber eclipsado a Robleño el año pasado. La cuestión es que el cigarrero se quedó en el callejón. Ahí lo tienen con esa sucia costumbre de morder el capote que repiten todos a pesar de las quejas de Antonio Bienvenida, Paco Frascuelo, Díaz-Cañabate, Joaquín Vidal y las nuestras, que plasmábamos aquí. Parece mentira en él tan preocupado por otras cosas de la liturgia taurina:
Trajín de toros arriba y abajo en la víspera. El encierro terminó dando una media de 566 kilos. Su juego fue el siguiente: los de Garcigrande, noble y repetidor el primero, sin vida el segundo e inválido y tontorrón el tercero; los de Cuvillo, noblón y bobalicón el primero, terciado y repetidor el segundo y sin sal y aburrido el tercero. Hubo lleno:
MORANTE. Vino vestido de un verde grisáceo y oro, el mismo terno que llevó Gallito en su célebre encerrona con los toros de Martínez. Su primero era de Garcigrande, negro listón, cornilevantado, sin cuello, bajo de agujas, gordo y con pelota:
En el saludo con la capa le pegó una media rodilla en tierra que para el toro fue como un puyazo porque debieron de crujirle todas las vértebras.
El picador lo pinchó en el lomo y el animal se dedicó a cabecear suponemos que notando el dolor. En el segundo huyó al hierro. Lo puso una tercera vez de manera absurda porque lo dejó ahí debajo y Rivas le echó el caballo encima pasando la raya como ven, total para señalar:
Observen cómo arriesgó Amores sin que lo aplaudiese nadie ni los televisivos comentasen nada, ¡y eso que Encabo fue torero banderillero! Al final gustarán más las banderillas a toro pasado de los subalternos figurones que los pares asomándose al balcón:
El torete estaba asfixiado y se quedaba corto y parado. El gesto de Morante era de desagrado porque la faena se desarrollaba como si estuviésemos en un cementerio. Nada.
Por lo menos esperábamos una estocada marca de la casa dado que eso no depende del toro sino del maestro pero aquí lo que hizo fue alargar el brazo cruzando a paso de banderillas. Muy mal, un insulto para los aficionados:
El cuarto era de Cuvillo, este castaño, bociblanco, bragado, listón, muy albardado, bien encornado y que fue protestado justamente por su apariencia anovillada. Como nunca se cayó, los protestantes tuvieron que comérselo con patatas:
Puyazo trasero del piquero y musical del toro. En el segundo no quiere y cuando va se repucha, llevándose dos agujeros por el precio de uno.
El torete sacó buen tranco en el segundo tercio. No quiso quebrantarlo y le hizo un inicio por ayudados rematados altísimos. Luego se puso demasiado cerca y se notaba al toro ahogado y a él agobiado. Cuando le dio más sitio respondió mejor pero con el maestro siempre colocado en la pala del pitón.
De esa guisa sacó unos naturales muy templados a toro aplomado. Se oía la zaragata en los tendidos sin que les podamos aclarar qué estaba pasando. Nos dio la impresión de que los oles redoblaban su intensidad, incluso en pases enganchados, solamente para fastidiar a los descontentos:
Metisaca bajo, del que más de dos se alegraron, y esta media trasera, caída y atravesada saliéndose de la suerte con similar descaro que en su primero:
HÉCTOR GUTIÉRREZ. Su primero era de Cuvillo, este negro listón, zarco, un poco chorreado y con la encornadura que piden hoy los taurinos, o sea, con perfil, que abra pero que vaya cerrando hacia arriba. Parecía ir descoordinado de manos cuando embestía:
El hombre que mató a Cigarrero prefirió apretar lo mínimo y darle al túrmix lo cual, siendo una vergüenza, es de agradecer porque con la corpulencia que tiene es capaz de partir un toro por la mitad. En el segundo, picotazo.
Buena brega de Gallego, de terciopelo, enseñando que el torito si duraba era de oreja. Vean cómo se venía:
El mexicano corrió la mano con pinturería pero movió los pies hacia el fuera de cacho. Eso que ven abajo lo hacen muchos y aunque corren la mano mucho peor que Gutiérrez, los ovacionan. En cambio su faena, sin enganchones, transcurrió sumergida en una indiferencia gélida.
Pegó el telonazo para dejar una estocada desprendida pero no trasera, como suele ser habitual en los que entran con la mano alta, recuerden lo que explicábamos aquí:
El quinto era de Garcigrande, este negro listón, feo por no tener cuello y por estar acochinado. Se llamaba Treinta y Tres y no creemos que fuese como aquel semental Treinta y Cuatro de Juan Pedro Domecq y Díez que se llamaba así porque su madre había tomado treinta y tres puyazos en la tienta de Parladé:
Se fue al relance al caballo pero tras el topetazo se soltó sin pelear y salió con el pitón derecho astillado contra el peto. Se habla de un problema de alimentación en lo de Hernández que provoca esos estropicios en las puntas. Segundo del que huye y clarines prácticamente sin picar.
Valladar antes tenía mucha más vergüenza torera pero recientemente se ha tirado a la vida fácil viendo que en la primera plaza del mundo lo que aplauden es clavar a toro pasado como este par que dejó él ayer. Puesto que el vulgo es necio, es justo clavar así para darle gusto:
A pesar del poco castigo en varas, si se le bajaba la mano se derrumbaba ya que probablemente no podía con su exceso de kilos. Poca cosa. Estocada caída.
AARÓN PALACIO. El de la confirmación era de Garcigrande, un negro mulato, listón, zarco, cornilevantado y muy bajito de agujas:
Tras unas verónicas todas de paso atrás tomó un puyazo extraño, metiendo el riñón de inicio pero luego cabeceando y yéndose. En el segundo Benítez lo pinchó en el lomo y salió claudicando.
En el único pase por bajo que pegó en la primera tanda el toro besó el suelo. Era de los garcigrandes repetidores a los que el diestro puede torear bastante relajado porque no tienen en la cabeza nada más que la tela.
Palacio picó bastante como se ve y se embarulló por momentos pero hizo algún tío vivo que firmaría cualquiera de las figuras del belén. El público estaba loco por aplaudir.
Se equivoca entrando en la suerte contraria y pincha; cambia a la natural y vuelve a pinchar por dos veces. Al final dejó una tendida pasada, pegando un saltito pero sin telonazo. Observen que el palillo está vertical y no horizontal:
El último era de Cuvillo, un negro listón, astiblanco, con pitones de diseño, regordío, llorón, acarnerado, con poco cuello y poco rabo. Lo recibió de rodillas en tablas con tres faroles en ambiente de velatorio:
Al relance metió el riñón y empujó con un pitón como ven mientras Quinta se volvía loco barrenando y carioqueando. Luego hablan de los picadores de dinastía, como si eso garantizase algo para el sufrido aficionado:
En el segundo el toro quiso empujar pero de nuevo este comandante de la banda del castoreño le tapó la salida y le zurró la badana. Qué asco...
El toro llevaba la boca cerrada, embestía pronto e incansable al principio pero le faltaba sal. Palacio pegó pases y aunque no nos parecieron peores que los que pegan otros con muchos más años de alternativa, escuchó pitos.
Estocada caída, también sin telonazo. Lo que debiera ser normal se convierte en noticia y por eso tenemos que destacarlo. Posterior rueda de peones:
Seguramente Morante pensaría al acabar que erró al no dar por buena su despedida de justo hace un año. Recuerden aquí que nosotros titulábamos aquella crónica poniendo un adiós entre interrogantes porque lo veíamos venir.
Si después fue el portugués quien lo convenció es irrelevante pero la cuestión es que la tarde de ayer se saldó de manera gris para el maestro.
Nadie sabe qué hará el año que viene probablemente ni siquiera él mismo. No obstante, que se encuentre hoy con un mal sabor de boca queda compensado por todo el dinero que ha ingresado este año y por las alabanzas que ha ido recibiendo de tirios y troyanos, tanto merecidas como inmerecidas.
Cuando ayer se estaba duchando en el hotel seguramente pensaría: ande yo caliente y ríase la gente o también ¡que me quiten lo bailao!
Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.



























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