lunes, 16 de febrero de 2026

HABLAMOS CON JOAQUÍN VIDAL SOBRE LA TEMPORADA QUE EMPIEZA

No asistirán a una sesión de espiritismo. Lamentablemente este crítico, que no era de los paniaguados, ya no está entre nosotros pero hemos pensado en hacerle una entrevista virtual hablando sobre el próximo inicio de temporada en Las Ventas. Las preguntas son cosa nuestra pero las respuestas son del propio Vidal. Las hemos entresacado de escritos suyos. A ver qué les parece. 



Conforme vayan leyendo se darán cuenta del drama que supone lo que nos contará. Decimos esto porque sus respuestas pertenecen a textos que redactó hace treinta y cinco años. Incluso alguno es de 1978, con lo cual les embargará una sensación de enorme frustración ya que en nuestra fiesta de toros la vida sigue igual. Igual de mal, se entiende. 

- Siempre se dijo que los aficionados más entendidos y exigentes de Las Ventas eran los que se sentaban en la Andanada del 8.

Nadie inventó la andanada del 8 y no se formó en un día, ni siquiera en una temporada. Ni en muchas. Los aficionados que había en aquella localidad a principios de la década de los años setenta eran prácticamente los mismos que mediada la de los cincuenta, con algún refuerzo de nuevas generaciones. Su espíritu no había variado en absoluto. Eran aficionados a la fiesta, que disfrutaban con el toro limpio y auténtico y con la lidia bien hecha; que se entusiasmaban con la bravura de la res y con la técnica del torero, cuando aquélla era depurada; que con el arte enloquecían. Y, en sentido contrario, permanecían vigilantes en su guerra particular contra el fraude. Se encendían en indignadas intransigencias, las cuales quedaban ahogadas por el griterío de una masa que todo lo entendía al revés. Particularmente, en la década de los sesenta las Ventas estaba así.

- Lo que pasa es que tanto en la andanada como en el tendido del 7 vemos hoy algunos aficionados que no acaban de tener las cosas claras y que a veces vocean más de la cuenta. 

En estos últimos años todo ha ido muy rápido. El protagonismo brillante que la razón llegó a dar a la andanada del 8 la dotó de refuerzos, no todos con calidad de aficionados verdaderos. Como allí no está reservado el derecho de admisión, los vociferantes se sentaron junto a los andanadistas verdaderos y desde el resto de la plaza ya todos parecen uno. A otros aficionados ejemplares que hay en otras zonas del coso, no digamos a los de la propia andanada, se les llevan los demonios cuando se oyen gritos extemporáneos, unas veces desmedidos y otras equivocados. 


FOTO: EFE

- ¿Qué puede pasar con esta deriva cada vez más palpable en la plaza? 

Aquel foco de afición pura que tanto hizo por la restauración hacia la seriedad de la fiesta de toros en Madrid, tiene ahora el grave riesgo de perder sus valores originarios, con lo cual se desvirtuará y posiblemente se desintegrará. 

- Abundan cada vez más las discusiones subidas de tono en el tendido, incluso menudean los insultos. ¿Va a continuar esta dinámica? 

Es que no todo el público acepta el  timo, quedan individuos solitarios que padecen la funesta manía de pensar. Quedan facciones conocedoras de la tauromaquia y sus intríngulis y en cuanto comprueban de qué va la vaina, no se dejan timar. En cambio, la reacción del público timado es curiosísima: ni por lo más remoto recelan de que alguien les esté timando. Antes al contrario, la emprenden a insultos contra quienes denuncian el timo y así los taurinos se frotan las manos de gusto. Con estos timos los taurinos se forran. No todos, únicamente los que dominan los mercados ganadero, profesional y empresarial.



- ¿Ve usted alguna solución al problema de esas presidencias dadivosas y caprichosas que, salvo alguna honrada excepción, no parecen conscientes de que hay que salvaguardar el maltrecho prestigio del coso madrileño? 

El secreto está en que el reglamento se cumpla. Así de fácil. Y ésta es la responsabilidad que tienen los presidentes de las corridas como autoridad máxima en la plaza. Es cierto que, año a año, se ha podido apreciar un afán de superación en estos funcionarios, cuya tarea -hay que subrayarlo- no es grata, porque se encuentran en el vértice mismo de una confluencia de intereses, teniendo que soportar presiones muy fuertes tanto entre bastidores como del propio público. Precisamente el público venteño en ocasiones se vuelve con pasión, hasta con furia, hacia el palco para exigir lo que la presidencia no puede conceder porque taxativamente se lo prohíbe el reglamento. Pero la forma de no errar es, precisamente, cumplirlo, aunque pueda ser duro en determinadas circunstancias, ya que el presidente ha aceptado esa responsabilidad. 



- ¿Qué deberían hacer los presidentes esta temporada para hacerse respetar? 

Vigilar con más escrúpulo los aspectos fundamentales, como son el reconocimiento de las reses, la suerte de varas y la concesión de trofeos. La edad, la integridad de las astas, la carencia de defectos físicos y el trapío, son constantes ineludibles para todo toro que salte al ruedo en Las Ventas. Harían bien los presidentes en advertir a los directores de lidia para que impidan los puyazos interminables, las cariocas y otras corruptelas, con objeto de que el primer tercio pueda desarrollarse en toda su integridad; puesto que el público -y no digamos el aficionado- acude a la plaza a ver algo más, mucho más, que faenas de muleta. Acude a ver el toro y su comportamiento, la lidia integral, el espectáculo en conjunto, y los toreros no tienen derecho a mermarlo por sus particulares intereses. El palco tiene que estar ocupado por un presidente con lo que hay que tener, que es afición y honestidad, sin ir más lejos. Él debe ser la garantía de que no salgan novillos en lugar de toros, de que si son inválidos sean sustituidos, de que los picadores sufran multas o inhabilitación cuando zumben a los toros y de que los toreros no tomen el pelo al público pegando trapazos con unas ansias locas por cobrar.



- Y con las orejas, ¿qué hacemos? La puerta grande de Madrid se abre con una facilidad indignante y se ven orejas concedidas con bajonazos o tras hacer faenas de vulgares pegapases o de enfermeros... 

Un mayor rigor que hasta ahora en la concesión de trofeos, con especiales referencias a la lidia, al toreo de capa y a la estocada puede contribuir a que entre los diestros se produzca un afán de superación para conseguir el premio. Y será beneficiosa también una especial vigilancia hacia ciertos vicios que tanto se producen en el ruedo, como son el llevar el toro a derrotar al burladero, las ruedas de peones después de la estocada, etcétera.

- ¿Qué opina de los picadores? ¿Qué va a pasar en este 2026 con la suerte de varas en Madrid? 

Lo que hacen los picadores es despanzurrar toros. Los despanzurran a la medida. Si están inválidos, unos picotacitos valen; si son fuertes, les meten caña por el espinazo tapándoles la salida y no paran hasta verlos convertidos en albondiguillas. Tapar la salida es la estratagema que han hecho posible, de consuno, el percherón y el peto. A la arrancada del toro el picador le clava la puya donde caiga y mientras lo tiene enredado en el peto, se apalanca en la vara, hace girar el caballo alrededor del toro, lo deja encerrado entre esa muralla y las tablas y allí ya todo es coser y cantar, sacar y meter, de forma que consuma su pericia carnicera destrozando lomos y solomillos.



- ¿Vamos a seguir sufriendo este año ese toreo basado en pegar derechazos sin cuento? 

¿Quién ha dicho que eso es torear? ¿Quién ha dicho que torear consiste en ponerse a pegar derechazos a destajo? ¿Quién ha dicho que merezcan una oreja diez minutos largos de monserga desesperante, con el público callado a la espera de que llegue el pase de pecho para aplaudir? Para torear bien, tres o cuatro minutos de reloj son suficientes. Es suficiente dar docena y media de pases bien dados, con el público en pie, el toro sometido, la oreja ganada y el clamor en el graderío.

- Habrá visto los carteles de San Isidro, ¿no? ¿Cuántas dosis de triunfalismo barato vamos a tener que soportar? 

A la gente, en general, los toros parecen traerle absolutamente sin cuidado. Pero si los nombres del cartel suenan, acude y llena el coso. Y domina su transcurso mediante un talante desaforadamente triunfalista, que condona todo tipo de tropelías y corruptelas en aras del fin supremo: que aquello acabe en apoteosis para poder contarlo y presumir de que se ha asistido a un acontecimiento memorable. Y en Madrid la cosa no llega a más porque queda un reducto mínimo de aficionados que intentan mantener la cordura y la autenticidad del espectáculo aunque pocas veces con éxito, incluso las más con estrepitoso fracaso, pues los llaman derrotistas,  retrógrados, aguafiestas y maleducados e intentan echarlos de la plaza. 

- ¿Qué opina de la situación de la fiesta en general? 

La fiesta es ahora mismo un melonar sin amo. El primero que llega, roba un melón, lo raja, lo cata y se lo come o lo deja por ahí tirado, según le salga. La fiesta es un mangoneo donde cuatro caraduras que igual llegan a la docena revuelven por entre bastidores y así sale al redondel lo que ellos estiman conveniente. Luego, en vez de ver lo que debería ser una lidia con oficio, asistimos a una sucesión de trampas y de atropellos.




- Para acabar, ¿quiere añadir algo que nos deje un resquicio de optimismo de cara a esta temporada que va a comenzar? 

La afición de Madrid exige porque conoce el espectáculo y es consciente de que su plaza debería ser la primera del mundo, como lo fue durante medio siglo. Y sabe que sólo podrá recuperar su puesto preeminente si todo lo que ocurra en el ruedo lleva el sello de la autenticidad y de la seriedad.


¿Qué les ha parecido nuestra entrevista fantasma? Insistimos en que hemos improvisado las preguntas pero las respuestas han salido de textos del propio Vidal escritos entre 1978 y 1992. Han pasado más de treinta años y todas sus lamentaciones tienen plena vigencia. Ya es triste, ¿verdad? Puede que estemos ante el único espectáculo por el cual no pasa el tiempo en cuanto a trampas, tejemanejes, estafas y poca vergüenza de los que viven de él.

El crítico de El País es ninguneado hoy por muchos del mundillo, empezando por algunos de los ínclitos paniaguados, sosteniendo que no sabía de toros. Dicen que tampoco sabían Cañabate y Corrochano... Al final solamente sabrán de toros ellos. Cierto es que tenía sus manías, como las tenemos todos, y que algunas veces se pasó de rosca, por ejemplo en esta crónica de la encerrona de 1998 de Joselito Arroyo en Sevilla. 



El diestro ajustó cuentas con él en aquellas memorias que comentábamos aquí. Lo curioso es que desde que era becerrista lo había alabado casi sin medida mas en seco las cañas se tornaron lanzas y empezó a negarle el pan y la sal. Quizá el detonante fue lo que sucedió en casa del propio Joselito. Lo cuenta el torero sin posibilidad ya de que el crítico lo confirme o lo desmienta:

'Vino a hacerme un reportaje a la finca. Cuando terminamos la entrevista, se puso a explicarme su extraño concepto del toreo, prácticamente enseñándome a torear. Incluso se puso de pie para hacerlo de salón...que si la pata p'alante, que si la muleta así... Hasta que le dije que si hacía esas cosas tan raras delante del toro, me podía caer de culo. Debió de enfadarse el hombre' 

Nos llama la atención que uno como Vidal, que se enorgullecía de no mezclarse con los del mundillo ni en la plaza ni en los hoteles, tuviese ese grado de intimidad con un diestro.

Sea como fuere, con sus crónicas consiguió el milagro de que personas que no eran aficionadas y a las que la fiesta les daba igual, cuando no les desagradaba, leyeran sus textos simplemente por el placer de leer. 

Aspirar a eso quizá sea lo máximo en un comentarista taurino. En cambio, aspirar a que todos estén de acuerdo con lo que escribes es imposible de toda imposibilidad, como decía Cervantes. Y estarán ustedes de acuerdo en que además eso no puede ser bueno.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.



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