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miércoles, 26 de febrero de 2025

MUERTE DE GITANILLO: 'BIEN QUE ME DIO EL LADRÓN...'

Son de sobras conocidas tanto la cogida de Gitanillo por aquel Fandanguero de Graciliano como la formidable agonía del diestro hasta que murió. Le dedicaremos esta entrada porque hemos leído las memorias de un diplomático que fue amigo suyo y que relata los hechos ya que estuvo presente desde el día de autos hasta el del entierro.



Nos referimos a Carlos Morla Lynch. Fue, como decimos, un diplomático chileno cuya carrera transcurrió entre París, Madrid, Berlín y Berna. En España entabló una gran amistad con Lorca. Solamente les diremos que el poeta leyó por primera vez su Llanto recién escrito ante un reducidísimo grupo de amigos entre los cuales estaba Morla. Este es el libro donde encontrarán esas pinceladas taurinas a que haremos referencia a continuación:



En los ambientes taurinos el chileno tuvo amistad con Cagancho, los tres gitanillos y Sánchez Mejías. En el libro hace una semblanza de cada uno.

De Curro Puya dice esto:

'Sus empresarios eligieron el nombre de Gitanillo de Triana, que se ha hecho popular y que tiene, sin duda, un salero de cantar sevillano. Refleja, asimismo, en forma sugestiva, la luminosidad y bondad cautivadora que irradiaba el diestro. Era un buen hijo, un buen hermano, un espléndido y buen amigo, amado con dilección por todos y era también, antes que nada, caritativo y piadoso, que es virtud gitana. Manos las suyas generosas y ampliamente abiertas, como un cesto de frutas'.

De Cagancho, quien le confiesa en un momento dado que tuvo su primer hijo con trece años, comenta esto:

'El torero gitano ha almorzado en casa con Federico, a quien le pidió que le leyera «La casada infiel» de su Romancero. Llegó, por cierto, el diestro con una hora de retraso: a las tres y media de la tarde. Elegancia impecable: terno gris, camisa de seda blanca, corbata azul, calcetines del mismo color y zapatos de gamuza. Su tez morena aún más tostada y sus ojos almendrados, también más verdes que nunca. En la muñeca de su mano de caoba, una fina cadena de oro, y en uno de sus dedos largos un anillo de platino con una espléndida esmeralda. Entra la dueña de la casa y se pone en pie, correcto, galante, educado. Un verdadero príncipe gitano'.



La verónica que han visto es suya. Además Morla estaba en el tendido cuando el célebre escándalo de Cagancho en Almagro. Habla también de Sánchez Mejías y expresa su dolor al enterarse del funesto desenlace con estas líneas preciosas:

'¡Muerto! Ese ser lleno de vida, de gallardía, magnífico siempre; que jugaba con «la intrusa» evitando su embestida a un centímetro de distancia; que se reía y se mofaba de la amenaza de sus garras esqueléticas, de su mirada cavernosa y de su rictus amargo; que se sentía inmunizado ante el peligro e invencible en la lucha. Pienso en los seres que lo han querido, que lo quieren más que a otros, que lo admiran: en Rafael Alberti, en Federico, en La Argentinita... Y todo el día, y toda la noche, me siento aprisionado en esa niebla oscura que me sigue, que avanza conmigo, que me envuelve adondequiera me dirija, y al final de la cual se yergue algo que brilla: un traje de luces ensangrentado, azul y oro. ¡El suyo! Y esa sombra que no me abandona es más fuerte que el sol, más intensa que el cielo, más profunda que el mar. ¡Pobre Ignacio!'

En la prensa de la época se habló del maleficio del mes de mayo por los percances que han sufrido tantos toreros. Precisamente durante la corrida de Graciliano que nos ocupa, en aquel 31 de mayo de 1931, fue herido en el primer toro un banderillero. Su nombre, Manuel Prieto Varé, primo hermano de Varelito (recuerden aquí nuestro homenaje a aquel magnífico estoqueador). El toro le arrancó la femoral del muslo derecho.



A Gitanillo lo cogió ese Fandanguero que hizo tercero. Cuando entró en la enfermería, el doctor Segovia estaba pendiente de la femoral rota de Varé y el suelo estaba teñido de sangre. Imaginen la situación ahí dentro cuando trajeron en volandas a Gitanillo con sus dos cornadas en los muslos y esa otra terrorífica en la cadera, que le había roto el hueso sacro al empotrarlo el toro contra la madera. Este es el parte:



Así cuenta Morla Lynch la cogida:

'Al iniciar la faena de muleta —después de ejecutar un suave ayudado por alto— fue cogido por el muslo, lanzado al aire y luego recogido nuevamente por el toro, que lo arrolló bajo el estribo, recibiendo allí una tercera cornada en la cadera. Yo cerré los ojos para no presenciar el final de la tremenda embestida…'



Todo el mundo se acordó del pobre Granero al ver al diestro ahí debajo en el estribo. En esta ocasión no hay ninguna duda acerca de la diligencia de Lalanda en el quite. Se llevó una ovación de gala que coincidió cuando levantaban a Gitanillo del suelo. Continúa Morla:

'Al abrirlos de nuevo vi con estupor y admiración a Marcial Lalanda, que, metido entre los cuernos y la barrera, con una temeridad y nobleza para las cuales no hay términos de suficiente elocuencia, lograba llevarse al astado en medio del estruendo de una ovación que estremecía la plaza entera'.



Ya saben que a Marcial se le había criticado el no haber estado pendiente de Granero el día de Pocapena. El diestro siempre lo negó y lo achacaba a una campaña de los del semanario El Clarín, que le pidieron un aumento del sobre que ya pagaba y se negó. Lo contábamos aquí. Por cierto, el torero madrileño saldría en hombros aquella tarde mientras operaban a Gitanillo en la enfermería:



El silencio en aquella enfermería era de muerte mientras desde la calle llegaba el eco del jolgorio del triunfo de Lalanda. Anotemos que más tarde tanto él como Chicuelo volvían a la plaza y entraban en la enfermería para interesarse por su compañero.

Su mozo de espadas contaba que cuando lo llevaban por el callejón iba diciendo:

'Me ha desbaratao, esta cornada es mu fuerte, me ha destrosao...'



Pudiera ser que la cornada se la pegase por haberlo picado mal. Gitanillo lo había recibido con siete verónicas. Tras el segundo puyazo hizo un memorable quite con cuatro y una media que levantaron al público de los asientos. Ésta fue una:



Acudió el bravucón al caballo por tercera vez y aquí recibió una lanzada muy fea por baja y contraria, o sea, para entendernos, en su costado izquierdo. A partir de entonces, el animal se dolió, mostrándose incierto y receloso por ese lado, sin que el diestro quisiera ver ese defecto porque sólo pensaba en torear (sic en una crónica). Fue precisamente en un pase por ese cuerno cuando prendió al maestro en terrenos del 1.

Al día siguiente se daba cuenta de que lo que notaba en las piernas no era normal. De hecho, no quisieron decirle que si salvaba la vida iba a quedar inútil. Cedemos la palabra de nuevo al pobre diestro, quien se lamentaba mientras intentaban darle moral:

'¿Que no es nada? ¿Nada? Mira, me ha dao tres cornadas, una en cada muslo, y otra en la cadera... ¿Y qué me pasa en las piernas? He perdido la sensibilidad, parecen de trapo... La que no me deja vivir es ésta de la cadera. Bien que me dio el ladrón... Pero paciencia, tenía que ser así...'



El maestro morirá dos meses y medio después tras una penosa agonía y, lo que es peor, completamente consciente de todo. Los gritos que pegaba durante las curas se oían desde la calle. Tuvo muchos problemas urinarios por efecto de esa terrorífica cornada en el hueso de la cadera. Además se le declaró una meningitis y hubo que hacer varias transfusiones por complicaciones en un muslo. Si quieren un detalle de estos desagradables pormenores, vayan a la página 980 del tercer volumen del Cossío. El autor los incluyó contra lo que era su costumbre. 

Lo de las transfusiones es relatado también por Morla ya que estuvo a su vera durante todas esas semanas de sufrimiento. Son aquellas transfusiones primitivas, como las cinco de Manolete (pulsen aquí), la de Ostos (aquí), las de Gitanillo Chico (aquí) o la del citado Sánchez Mejías realizada con sangre de Pepe Bienvenida. Esto cuenta Morla:

Una transfusión de sangre se impone y el doctor Segovia solicita voluntarios que se presten a ella. No hay tiempo que perder. Me adelanto, sencillamente porque siento que debe ser así, y conmigo se ofrecen un picador de su cuadrilla, un banderillero de la misma y el chófer de taxi que siempre lo servía.

Por cierto, nuestro Gitanillo estará obligado a reposar casi siempre tumbado bocabajo por culpa de los grandes dolores que le causaba esa cornada en la cadera que comentamos. Aquí lo tienen de cara a la cámara con algunos visitantes:



Como curiosidad les diremos que en el sanatorio de toreros coincidió con Martín Agüero, a quien iban a amputar un dedo y medio del pie izquierdo por un inicio de gangrena resultado de una cornada reciente.

Un día, a solas el torero con el diplomático, sucedía esto:

Me dijo esta otra frase infantil, que me quedará grabada mientras viva:
-Yo le diré a la Virgen lo bueno que has sido conmigo...-
Pobrecillo… No hay posición que lo alivie: los huesos han perforado su espalda; pero sonríe siempre y no se queja, ni se rebela, ni se exaspera. Sólo una vez lo he visto impacientarse algo: fue un día cuando la enfermera le decía cariñosamente que Dios enviaba sufrimiento a los buenos porque los quería. Curro —que sufría intensamente— se incorporó un poco, penosamente, y le respondió con una gitanería:
-Que no me quiera Dios tanto… que de tanto quererme se está poniendo pesao y mal amigo-.

A Gitanillo le había dado la alternativa otro torero intuitivo como él: El Gallo. Fue en agosto de 1927. Toreó en los años siguientes más de doscientas corridas. Esta foto está hecha en Sevilla, en la corrida homenaje a El Gallo por sus veinticinco años de alternativa. El de la izquierda es Chicuelo:



Lo de torero intuitivo no es de nuestra cosecha sino de la de un admirador del maestro, Tomás Orts Ramos, Uno al Sesgo. 

Los aficionados solemos distinguir entre toreros largos o cortos. Él hablaba de toreros con oficio o con intuición. El que tiene oficio sabe siempre lo que hace. El intuitivo no sabe que sabe lo que sabe. Ojo porque el trabalenguas es cosa suya. Transcribimos su reflexión porque pensamos que tendrá interés para ustedes:

'El torero de oficio, es decir, el que sabe lo que sabe, el que con una práctica más o menos larga ha llegado a dominar la técnica, puede tener lo bastante con esa técnica para salir airoso en la mayoría de los casos que se lo proponga; y en ellos sí que es la voluntad la que manda. Pero en el torero intuitivo, en el que lo que sabe no sabe que lo sabe, porque su arte no es consciente sino inconsciente, el revelarlo es obra de determinadas circunstancias, de un estado de ánimo, que no se crea con sólo quererlo, que aparece y desaparece por causas que escapan la mayoría de las veces al propio interesado, que lo exaltan o deprimen sin motivo aparente en ocasiones'.

Y sigue:

'El fenómeno que queda por examinar es el que de vez en cuando se observa en algún que otro torero de los que seguiremos llamando intuitivos provisionalmente. Así que van adelantando en el oficio y dominando la técnica, diríase que van aminorando su personalidad, o, para expresarme en el lenguaje taurino, van "perdiendo el sitio", con gran desencanto del aficionado. Éste ve diluirse en la vulgaridad un arte excepcional, que, aunque sólo se manifestase a rachas, era de tal calidad que compensaba con una tarde buena varias malas. ¿No será que con el predominio del oficio sobre la "inspiración" en aquellos toreros a quienes falta el valor, cuando se dan cuenta del riesgo que afrontan por un exceso de vigilancia del consciente, queda anulado el subconsciente?'

No entraremos ahora a discutir si toreros de arte como Juan Ortega o Morante encajarían verdaderamente en esa categoría de intuitivos. Gitanillo sí era de estos últimos, por supuesto. Tampoco insistiremos en los consabidos elogios a su verónica, la del minuto de silencio. Además, con los dos pies asentados en la arena, como decía Paco Camino que había que tenerlos en este lance:



Lo del minuto de silencio lo recordaban en este titular:



De su muerte, el catorce de agosto, setenta y cuatro días después de la cogida, Morla guarda este tierno recuerdo:

'El gitano ha muerto hoy. Tenía veintisiete años. En torno del féretro descubierto, la familia permanece muda. La madre, sin proferir una palabra, contempla a su hijo, y hay en su dolor silente una nobleza que infunde en los presentes admiración, respeto y arrobamiento. A medida que pasan las horas, en la desolación de la vigilia, la fisonomía del gitanillo se suaviza, adquiere serenidad y diríase que de nuevo sonríe: es la misma sonrisa peculiar suya, un poco melancólica, con que recibía las ovaciones de la plaza en delirio. Tan contento como estaba, parecía triste'.

Había hecho testamento en favor de sus padres y dejó una cantidad aparte para que su adorado sobrino Currito pudiera estudiar una carrera.



El cadáver del trianero llegaba a Sevilla dos días después.  En la estación estaban, además de medio barrio de Triana, Juan Belmonte, Antonio Miura Hontoria, el Papa Negro, Vicente Pastor, Moreno Santamaría y, por supuesto, sus seis hermanos, su cuadrilla y su apoderado Domingo Ruiz. Salvo error, Pastor debe de ser el de la derecha:



Carlos Morla tiene dos libros más de memorias que les recomendamos. El primero está escrito en Madrid entre 1937 y 1939 y el segundo en Berlín, durante los años del nacionalsocialismo. En el que nos ha ocupado a cuenta del pobre Gitanillo verán desfilar, entre otros, a Eugenio d'Ors, Marañón, Ortega, Sáinz de la Maza, Unamuno, Azaña, Madariaga... y, por supuesto, a la generación del 27 en pleno.

Lorca y él asistieron juntos al último festejo celebrado en la plaza de la carretera de Aragón, con dos toros para el rejoneador Cañero y seis para Lalanda, Cagancho y Rafael, el hermano de nuestro protagonista. Ambos mostraban su desagrado ante la nueva plaza de Las Ventas:

'La «nuestra», la que abandonamos hoy para siempre y que será derruida en breve —tan íntima, tan campechana, tan integrada en la vida de Madrid—, tenía olor a sangre de toros y de toreros. La queríamos como algo propio y la lloramos como a una vieja abuela que se va. -La otra —dice Federico—, la gran plaza flamante, de ladrillos y azulejos resplandecientes, es una «monumental señora» engreída y antipática, con vuelos y encajes de «nueva rica»-'.



Un día un fulano llamó a Morla por teléfono. Tenía acento andaluz y decía que era un novillero amigo de Cagancho y que lo llamaba de parte del maestro para ver si aceptaba ir de mozo de espadas con él la temporada siguiente. Morla se quedó parado, empezó a balbucear... no sabía qué decir,  probablemente porque en el fondo quería aceptar. Sus dudas quedaron disipadas con la carcajada que se oyó al otro lado del hilo. Era Federico García Lorca, que le estaba gastando una broma...

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.

lunes, 4 de noviembre de 2024

¿QUÉ DÍA SE INVENTÓ LA CARIOCA?

Todos los aficionados saben que el picador Miguel Atienza ha pasado a la historia por ser el inventor de la carioca. Marcial Lalanda afirmaba siempre que esa suerte, por denominarla así, surgió cuando Atienza picaba a sus órdenes. Además, el picador de Trebujena siempre decía que Marcial había sido quien le había enseñado a picar. De hecho, cuando estuvo a sus órdenes intentó ficharlo Belmonte y se negó a abandonar a su maestro más querido.



Pero ¿qué día exactamente puso en marcha ese remolino asesino que es la carioca? Teóricamente deberíamos fiarnos de lo que nos dijeran ambos, Atienza y Lalanda, ¿no creen? Ello nos llevaría al festejo exacto donde se perpetró por vez primera. Es lo que hemos hecho nosotros pero resulta que nos encontramos con cosas contradictorias que vamos a compartir con ustedes con el único objetivo de echar un rato hablando de toros (y así nos abstraemos durante tres minutos de la zozobrosa actualidad).

Lo primero a tener en cuenta es que tuvo que ser con un caballo protegido con el peto, o sea, a partir de 1928. Sin peto, es imposible hacer la carioca porque si el toro aprieta cuando le tapas la salida, vas al suelo indefectiblemente. Habría que ver los años en que Atienza picó con peto en la cuadrilla de Lalanda y tendríamos la solución: fueron las temporadas que van de 1931 a 1934, ambas inclusive. 



Lo que pasa es que Atienza siempre dijo que el primer toro al que carioqueó fue uno de Aleas. Pues bien, Lalanda mató siete corridas de Aleas en su larga vida como matador: Almagro, Segovia, La Coruña, Manzanares, Nimes, Gerona y Casteljaloux, una localidad del sudoeste francés, donde fue de los primeros sitios en dar toros junto a Mont-de-Marsan y Vic-Fezensac. Descartaríamos de esta lista todos los festejos anteriores a que Atienza fichase con Lalanda. Sólo nos quedarían la corrida de Gerona y la francesa, pero si hubiera sido en Francia, seguro que ambos protagonistas hubieran hecho hincapié. A ver si resultará que la carioca se inventó en Cataluña para las fiestas de San Narciso, en la plaza de Santa Eugenia de Gerona que había inaugurado Mazzantini...

Vamos a ver qué nos cuenta Lalanda. Él no comenta nada ni de Aleas ni de Gerona. Habla de que fue en una corrida de la Prensa que toreó antes de la guerra. El maestro se anunció nueve veces en la célebre corrida. Hemos buscado en cuál de ellas mató toros de Aleas y no hubo ninguna. Le cedemos la palabra:

'Recuerdo bien cómo empezó lo de la carioca. Fue en una corrida de la Prensa, antes de la guerra, y me tocó un toro manso muy fuerte. Ordené a Atienza que lo picase como fuese: 'tápale la salida, crúzate con él, lo que sea, pero no lo dejes ir'. Comenzó a darle vueltas y vueltas y así logró picar un toro que era muy difícil'



Pero Atienza insiste en que aplicó la carioca por primera vez a un toro de Aleas y recuerda que se llamó Vinagre. Efectivamente, él pico ese sobrero que salió sustituyendo el octavo de Palha casi de noche cuando llevaban tres horas de corrida. Tenía el número 36, era negro y se lidió en esa corrida de Palha que tuvo lugar en Madrid el 15 de julio de 1928. Ese toro mató al banderillero Zoquito, ¡pero aquel día no estaba Lalanda!

El cartel lo compusieron Manuel Álvarez, Luis Freg, José Roger y Carnicerito de Málaga. El pobre Zoquito comparecía sustituyendo en mala hora a El Cuco. De salida, el toro huyó de todos los capotes, incluso de los que le enseñaron desde el callejón. Zoquito salió a los medios pensando que el toro huiría también de él pero inopinadamente se le arrancó con furia. Cuando Vinagre lo embistió por su derecha, el peón se lió con el capote, se lo tiró para aliviarse pero el toro lo vio y lo empitonó por el vientre. El reguero de sangre fue impresionante y la propia enfermería quedó anegada. Allí mismo murió mientras en el ruedo era Atienza quien picaba al toro. Nos cuenta esto:

'No me tocaba picar ese toro pero metió al compañero de turno en la enfermería y la policía me obligó a salir. Montaba un caballo tordo muy flaco. Llamé al toro y aquello no era un toro sino un tren expreso. Cogió mi caballo y me estrelló contra las tablas pero lo aguanté. En el segundo puyazo le acerté en el mismo agujero y le metí el palo hasta el corazón. Fue el delirio en el tendido pero yo no creí que hubiera sido para tanto. Luego la carioca la fui perfeccionando a lo largo del tiempo, especialmente cuando estuve a las órdenes de Lalanda'

Esto de Vinagre fue en 1928 y coincide con la primera temporada completa con peto y sin banderillas de fuego, que se sustituyeron por poner cuatro pares y una caperuza negra en la cabeza del toro durante el arrastre para que pasase vergüenza el ganadero (el quinto de Palha aquella tarde se fue al desolladero con ella).



Ya ven que para conocer el origen exacto de la carioca deberíamos hacer una mezcla con el testimonio de Atienza y el de Marcial. El picador habría comprobado con Vinagre que podía cerrar al toro sin ser derribado y el maestro le pediría más adelante que hiciese lo propio ante toros que tenía que matar él. Quién sabe si le diría más de una vez: 'a éste pegale como al de Aleas'. Después Lalanda se lamentaba:

'Lo que era un procedimiento excepcional para poder castigar un toro que no se dejaba picar y que lo necesitaba se convirtió en una fórmula habitual para picar todos los toros... Antes los buenos picadores eran grandes caballistas y conocían su oficio y al toro. Hoy, con esa muralla donde van subidos, ya no necesitan saber nada. La única solución sería que el público estimara su labor, que supiera apreciarla para bien y para mal. Y por supuesto, reformar la suerte de varas, claro.'

En cambio, el picador tiempo después la defendía. Sostenía que una vez que se había eliminado cualquier lucimiento en la suerte de varas, dado que lo único que quería el público era muleta, la carioca servía para dejar los toros bien ahormados y así propiciar el triunfo del diestro en el último tercio.

Atienza fue el único picador de la época que se hizo rico y si no le coge la guerra, aún gana más dinero. Pertenecía a una dinastía que inauguró su padre Pepe, el mayoral de Graciliano, a quien vemos aquí dando la vuelta al ruedo en Barcelona junto a Félix Rodríguez:



Pepe se casó dos veces y tuvo hijos picadores por todas partes: unos, los Atienza Caro y otros, los Atienza Ruiz (pulsen aquí). Los que nos interesan son los Atienza Caro, que fueron Miguel, Floro, Ramón, Juan y el más pequeño, José. Ramón picó a Islero el día de autos haciéndole la carioca y dándole a duro por peseta según testigos presenciales. Juan y Miguel pusieron cuatro varas al último toro que se lidió en la antigua plaza de la carretera de Aragón, de nombre Reolino. También estaba anunciado José. Éste es el cartel, donde se leen sus nombres:



Atienza nació en 1902 y por tanto actuó sin y con peto. Su carrera empezó picando cinco toros en una corrida y la terminó picando cinco novillos en un festival. La corrida iniciática se celebró en Cáceres, organizada por el empresario Ildefonso Gómez. Estaban Paco Madrid, Fortuna, Maera y Nacional II. Fueron miuras con estas pintas: tres castaños, tres negros, un chorreado y uno cárdeno. Enviaron a la enfermería a todos los picadores y Atienza se la echó toda a la espalda siendo reserva. ¡Quién le iba a decir aquel día que acabaría picando más de cuatro mil toros!

6 toros de AP para Rafael Ortega en la del Montepío (1954)

En aquella época había en cada corrida seis picadores como mínimo más dos reservas y un aspirante. Cuando te habías anunciado diez veces como aspirante, el Sindicato de Picadores te inscribía como reserva. La figura estaba contemplada en el reglamento de 1962 pero desapareció en el de 1992. Vean el artículo 90 donde se hablaba de ellos:


Atienza fue el picador mejor pagado quizá porque era quien pegaba más duro. Domingo Ortega, que en teoría podía con todos los toros excepto con el murube Tapabocas en 1934, le daba una propina de 500 pesetas cada tarde, cantidad muy sabrosa para la época. Seguro que no era por cuidar los toros, ¿no les parece? Ojo porque reconocía haber matado cinco con la puya. Lo multaron un montón de veces pero él lo recordaba con gracejo una vez retirado: 'el matador paga y yo pego...' A nosotros como espectadores no nos hubiera hecho ninguna gracia. Lo de las multas siempre se hablaba con el maestro antes de la temporada para aclarar quién iba a pagarlas. Hoy no hace falta porque prácticamente no hay multas excepto alguna esporádica en Navarra.

Batacazo en Zaragoza yendo con Aparicio de novillero (1950)

Cossío recordaba haberle visto recorrer media plaza carioqueando, lo cual nos parece una absoluta vergüenza. Como suele pasar en España, el tiempo convierte a todos en buenos y Atienza ha pasado a la historia como un gran picador cuando quizá fue un gran carnicero.

Picó por última vez cinco novillos de AP y de Montalvo en el festival de homenaje a El Gallo en Madrid en 1957:



De luces se había vestido por última vez el día anterior en Jaén, donde le hicieron esta instantánea:


¿Cómo identificar la carioca en el ruedo? Pues siempre que usted vea que el toro está orientado hacia el platillo y no hacia los adentros mientras empuja el peto, es que le están dando la vuelta. Aquí tienen un ejemplo de este año en Cenicientos: el matarife está ensañándose mientras el toro mira hacia los medios. Se desprendió la puya, que está en el suelo, y el piquero siguió zurrando la badana. Si es Atienza, le mete medio metro de palo:


Ojo porque pudiera darse el caso excepcional de que el toro tenga tanto poder y tanta fuerza que haya sacado al picador a pasear por los medios sin mediar carioca. Eso da gusto verlo pero sucede poquísimas veces. En esos casos el picador lo que hace es defenderse como buenamente puede en lugar de recargar a placer con vileza como en la carioca habitual. Recordamos esta situación de abajo en Vic cuando uno de La Quinta de nombre Matablanca se llevó en volandas a Tito Sandoval empujando hacia el platillo. Ni siquiera el experimentado piquero salmantino pudo evitar la caída al descubierto:


No hagan caso a los taurinos ni a sus corifeos de la televisión cuando dicen que a veces el toro empuja de una manera que hay que taparle la salida sin querer. ¡Mentira! Puede ser que te apriete contra las tablas como hizo Vinagre con Atienza. Entonces está claro que tendrás que darle a las riendas hacia afuera para salir de ahí pero eso no implica que tengas que seguir cerrando al toro dándole la vuelta cuando hayas salido de dentro, que es lo que hacen aprovechándose del apuro.

¿Y el nombre de carioca? Seguramente viene de un baile que se puso de moda antes de la guerra y en el cual las parejas movían brazos y piernas con las frentes pegadas. La canción tenía una letra que firmarían hoy todos los picadores y por supuesto todos los maestros que ordenan bailar de esa guisa para machacar al toro que dicen amar tanto:

Y mañana descubriréis
que os encanta la carioca,
con los brazos alrededor
y los labios que suspiran...
¡Soñaréis con la carioca!

Efectivamente, los aficionados no es que soñemos con ella sino que viéndola cada tarde, se ha convertido en una insoportable pesadilla.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.







 



viernes, 6 de mayo de 2022

CENTENARIO DE LA MUERTE DE GRANERO (y 2): ¡POBRE GRANERO!

 '¡Domingo, música, sol!

¡Veraguas en el chiquero!

Marcial, La Rosa, Granero...

¡Hoy es un día español!'


Esta era la coplilla que se publicaba antes del 7 de mayo de 1922. Hoy hace cien años de la muerte de Manuel Granero. Morante, siempre pendiente de la historia de la tauromaquia, ¿hará el paseíllo esta tarde en Sevilla desmonterado? ¿Se guardará un minuto de silencio?

La que nos sirve de titular era la frase que más se repitió en toda España al día siguiente de aquella infausta corrida. Era ya la que hacía quince ese año para Manolet. Y tenía ya contratadas para el mes de mayo catorce. De hecho, estaba anunciado para la Beneficencia con ocho toros el jueves 11 junto a Chicuelo, Lalanda y Nacional II.

La última corrida de Granero empezaba a las cuatro de la tarde. A la misma hora en Vistalegre había novillada de la viuda de Clemente para Pedrucho, Felipe Esteban y Gaonita. Y a las cuatro y media en Tetuán, novillada de Gumersino Llorente para Carlos Gómez, Cocherín y Francisco Pons. A las cinco jugaba el Madrid un amistoso contra los ingleses del Civil Service F.C (ganaron los blancos, con pantalón y medias negras, por 7-4). Y con tanta competencia, en el festejo de Granero se agotó el billetaje.



El público había recibido con expectación este festejo porque ya corrían rumores de que los toreros estaban rehuyendo Madrid. De hecho, era la primera corrida del diestro valenciano en la capital. No tenía que torear el día 7 allí sino en su ciudad pero la empresa del Turia le dijo que no conseguían montar un cartel en condiciones y que harían una novillada con el hijo de El Algabeño. Manolo se enfadó, se negó a torear el festejo que tenía apalabrado para el domingo 14 en Valencia y se ofreció a torear el 7 una de las varias corridas que tenía firmadas sin fecha para Madrid.

Se había levantado a las diez. A las doce y media había comido un tazón de caldo y un poco de pescado. Se vistió antes de lo normal porque quería pasar por el estudio del fotógrafo Kaulak, en la calle Alcalá, quien le hizo una serie de retratos a la cual pertenece éste. Iba de azul marino y oro. Bajo la camisa no se ven las ocho medallas que solía llevar al cuello cuando toreaba:



Eran tres de Veragua y tres de José Bueno, antes Albaserrada como contábamos aquí. Precisamente el último toro que matará será Cantinero, de Bueno, número 13, negro zaíno, regordío y corniapretado. Aquí se aprecia:



Fue ovacionado con el capote, aplaudido en los tres pares que puso y dio la vuelta al ruedo tras una entera habilidosa. Aquí tienen las últimas banderillas que clavó en su vida:



El otro albaserrada fue fogueado. Al del Duque, número 56, Pocapena de nombre, no pudo lancearlo porque embestía gazapeando de salida e intentaba puntear la tela. Como Manolo no lo vio claro, banderilleó la cuadrilla. Con la muleta en la derecha, el toro se le vino encima en el segundo pase, lo enganchó por la pierna derecha y le hizo dar una vuelta de campana:



Salieron al quite los compañeros pero Granero había caído cerca del estribo del 2. Los capotes que echaron a Pocapena volaban por detrás del animal y éste se cebó en el cuerpo del maestro haciéndole una herida de tres centímetros en el muslo derecho más la mortal en el ojo también derecho. Desde la barrera un monosabio golpeó al toro con la vara y un carpintero le pinchó con una banderilla pero ni se inmutó. Este es el momento en que por fin se llevan al toro:



Ya había terminado su trabajo asestándole la cornada letal. Así lo vio Antonio Casero:



Y así, Roberto Domingo:



Habrá división de opiniones sobre si se hizo bien el quite o no. Lalanda será crucificado por ello. Él cuenta esta turbia historia al respecto:

'En aquella época había semanarios taurinos que vivían de los toreros. Uno de ellos, El Clarín, me pidió que aumentara la subvención a cinco mil pesetas mensuales. Me pareció mal y me negué. Ante la negativa, me dijeron que harían una campaña contra mí, acusándome de no haber estado atento al quite. El público de Valencia se lo creyó y dejé de ir por allí durante una temporada. Un año después me reconcilié con los valencianos totalmente, ha sido una de mis plazas preferidas'

Hombre, Marcial no quiere acordarse del asunto aún más turbio del afeitado que comentábamos aquí y que protagonizó en esa plaza favorita suya. La multa que le cayó fue el doble de lo que dice que le pedía el hebdomadario.

Lalanda mató a Pocapena de pinchazo y media (o dos y descabello) porque La Rosa estaba en la enfermería ya que se le había abierto una herida reciente en la zona genital. Desde el tendido se dirigían espectadores a la presidencia para suspender la corrida. Había otros que se iban por los vomitorios. El presidente dudaba mientras en el ruedo todos vieron cómo Lalanda hacía gestos de querer continuar, que eran secundados por más de uno. Arreció la bronca, aparecieron algunos espontáneos en el ruedo partidarios de suspender y sólo entonces el presidente terminó sus dudas y suspendió. A Marcial fueron a esperarlo a la salida y si no es por los guardias que lo protegieron, no sale íntegro físicamente. Pero en otro periódico dicen que lo protegieron porque se negó a hacer caso a los que querían que matase su otro toro, el sexto. Vayan ustedes a saber...



Acudió a la enfermería donde se vivió un momento de alta tensión cuando la cuadrilla de Granero no permitió que entrase a verlo. ¿Fue por la polémica del quite o por el rumor de que quería matar su segundo toro? Marcial se cambió en su casa y regresó a la plaza donde los ánimos ya se habían serenado. Lo vieron llorar ante el cadáver de su compañero. Afirmó que no había sido consciente de la gravedad de la cogida y que se dio cuenta cuando habló con el presidente tras la suspensión. Se quedó velando el cuerpo toda la noche en la capilla de la plaza.

El jefe médico era el doctor Adolfo Hinojar y lo auxiliaban los doctores Muñohierro y García Peláez. Manolet traía el ojo colgando. El parte es uno de los más escalofriantes de la historia del toreo:



Entró en la enfermería el tío de Granero, que era quien había convencido a sus padres de que permitiesen al chico que se dedicase a la tauromaquia. Al ver la situación sacó una pistola que llevaba en el bolsillo y con rapidez evitaron los presentes que se pegase un tiro en la cabeza. Paco Madrid le arrebató el arma y la descargaron. Inconsolable, lloraba repitiendo: 'Manolo meu! Què t'ha passat? Manolo meu!' Lo tumbaron en una camilla sin dejar de ser fuertemente agarrado por un par de guardias mientras le administraban un calmante. Aquí tienen a ambos:



Entonces entró Joaquín Sanchis, Finezas, su mozo de estoques. Lo besó llorando y diciendo 'Tonto, ¿por qué te has arrimao?' Con Finezas compartían la afición al boxeo y habían asistido juntos a más de una velada. En muchas ocasiones Joaquín levantaba las palmas y Granero las golpeaba con los puños. Cortó la coleta al diestro y la guardó para entregarla a la familia.

El sábado habían comido ambos con su amigo Manuel Domingo y dos actrices del teatro Eslava. Finezas le dijo que mejor dejasen la comida para otro día, que descansase el sábado porque el domingo tenía corrida. La respuesta del maestro fue: 'mejor vamos el sábado porque si el domingo me coge un toro, eso que llevamos por delante'. 



Los doctores Slocker y Méndez embalsamaron el cadáver. Blanquet y Finezas lo vistieron de paisano. Esto llamó la atención de Julio Camba tal como escribe en su artículo de El Sol:



Recordemos que 1922 es un año después del desastre de Annual.



Cuando se estaba haciendo de día, Pedro Sánchez, el apoderado de Granero, abandonó la capilla para volver al ruedo y quedarse un buen rato en el lugar exacto de la tragedía, este que ven marcado con una equis:



Blanquet fue uno de los que lo llevó en hombros. El gran subalterno decidió retirarse de los toros tras haber vivido las dos desgracias seguidas. No sabía que le quedaban sólo un par de años de vida. El ataúd era muy parecido al de Gallito, vean:




En esta entrada les dejábamos con la intriga de lo que había previsto una vidente. Fue cuando leyéndole la buenaventura le dijo en presencia de su tío que no torease nunca en un mes de mayo cuyo día 7 cayese en domingo.

Con doce años se había tirado el pequeño Manolito de espontáneo en una novillada en Valencia. Llevaba un delantal y le pegó un lance de frente por detrás al animal antes de que un subalterno se lo quitara de en medio y el tío Paco saltase al ruedo para coger en brazos al niño.

Luego le dio un par de azotes y le dijo muy serio que si quería que lo perdonase que empezase a escribir. Y le dictó mientras el crío escribía: 

'Querido tío Paco: te juro que voy a ser bueno, que voy a estudiar mucho, que voy a ser el primero en la escuela. Que no voy a dar disgustos a mis padres. Te juro que nunca querré ser torero...'

Cuando el tío le dictó esa última frase, Manolito levantó sus ojos llorosos:

'Tío Paco... no, ¡eso no!'

El bueno de Paco se enterneció ante los sollozos y acabó ahí el castigo:

'Bueno, no pongas eso...'

Una chiquilla catalana, de nombre Marujita, había dado a Manolito un beso tres horas antes de la corrida para despedirlo. Salían juntos desde hacía unos meses. Muchos no sabían en la capilla ardiente quién era esa chica, casi una niña, que entraba en silencio, cogía la mano inerte del maestro y le daba el que ahora sí sería el último beso.

Saludos cordiales desde Tarragona. Rafa.